Estábamos en el Cancho de los Muertos, en La Pedriza. Era de las primeras veces que me metía en una escalada clásica. Una escalada en la que la pared está virgen, sin chapas preparadas para asegurarte. En la que tú vas escogiendo el camino, visualizando las posibilidades de la roca, seleccionando entre tu juego de fisureros y friends cual puede entrar mejor en una fisura o en otra. Una forma de trepar rocas mucho más comprometida, más respetuosa con el medio, más creatíva y personal…

 

  

        Yo realmente no era ni hacía nada de eso, porque solamente era el novato asegurador, el impaciente asegurador que permanecía abajo y preguntaba a cada metro cuanto me quedaba para empezar, por qué iba tan lento, si no era más fácil por el otro lado… Mientras mi compañero de cuerda eternizaba cada pequeño paso (tenia que asegurarse, intuir por donde continuar…) el sol empezó a pegarme en la cabeza. Un sol duro de la Pedriza, reforzado por la piedra granítica y que convirtió aquello en una sartén. En una sartén aderezada por los olores de la resina, de las jaras, creando un ambiente perfecto para echarse la siesta.

 

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