El Pirineo en otoño es color. Y el otoño en la montaña es esa estación en la que no sabes lo que te vas a encontrar al despertar. No sabes si habrá nevado, si habrá llovido, o si lucirá un radiante sol. Cuando preparas el macuto dudas entre llevar camisetas cortas, saco de plumas, gorra o crampones y piolet. Así que al final decides llevar todo. Sabiendo como sabes que no usarás casi nada.

Los Pirineos nacieron simplemente por desamor. Por el desplante que Pirene hizo al amor de Hércules. Por la huida de ella que antes de caer en sus manos decidió prender fuego a su paso con la mala fortuna de morir en sus propias llamas. Por la ira de Hércules que en homenaje a su amada decidió levantar estas montañas, empujando piedras, creando valles con su hacha, ibones con sus lágrimas. Nació por simple desamor.

El Aneto también es parte de mi desamor. En pleno invierno fue hace años mi primera sensación de estar haciendo otro tipo de montaña. Fue la primera vez en la que realmente no podía explicar a la gente por qué me había gustado aquello. Pasar frío y sed. Mucho frío. Dije que ahí no volvía. Y ya estoy volviendo de ahí. Con más experiencia y menos nieve la cosa ha sido mas fácil, aunque el glaciar en esta ocasión era bastante más peligroso y obligaba a ir concentrado. El paso por ese tramo era silencio absoluto, roto sólo por nuestras respiraciones y los golpes contra el hielo de crampones y piolet. Era un sensación muy especial, sobre un hielo eterno que nos permitía caminar sobre él.

 

Los geólogos dicen que el Pirineo se creó en la Era Terciaria, con ocasión del gran plegamiento alpino-himalayo. Si alguna vez fueran allí, sabrían que fue simplemente desamor. Nada más.
 
MAS FOTOS