A la Pedriza he ido de todas las formas posibles y con todo tipo de gente. Con amigos de borrachera a ver el amanecer, solo y en compañía, a pensar y a olvidar, a escalar y a destrepar, en lunes y en domingos, en días llenos de domingueros y en otros donde sólo había cabras y buitres, a escuchar que me querían y no querer oir que no, a desnudarnos en el Manzanares -ese río que ahora se ha trasformado en hormigón-, a pasar frío en enero y afixiarme de calor en agosto, a hacer el amor y a buscarlo. 

Un mar de granito, lleno de riscos, cuevas, vivacs...

    La primera vez que escalé fue en la Pedriza, en el risco de la Tortuga. Luego volví a ella decenas de veces, a enseñar a otros a escalar. Entonces corríamos de coche en coche por el parking de Canto Cochinos buscando a alguien que nos llevara hasta Manzanares el Real (nos dimos cuenta que al asalto la gente te llevaba, pero que si hacías autostop sólo tenían que acelerar). Tampoco fue hace tanto, pero he vuelto tantas veces y en tantas circunstancias que parece un mundo.

Rapelando de Peña Sirio

    Pero la escalada no es lo único importante que me ha pasado en la Pedriza. Noches mágicas, amaneceres helados y con olor jara, besos dulces y amargos, sonrisas lisérgicas y lágrimas secas... Cada vez que salimos del gris hormigón hacia colmenar, dejamos atrás la triste cárcel de Soto, a nuestra izquierda el cada día mas pequeño embalse de Santillana, atravesamos los lamentables chalets de fin de semana... vamos felices. Porque sabemos que tras ello, aparecerá la imponente figura de El Yelmo, la intranquila historia del Cancho de los Muertos, las esbeltas líneas de Peña Sirio, el rumor del Manzanares cuando todavía es río, el risco del Pájaro, el ansiado Hueso, la leyenda de amor de la Cueva de la Mora. Entonces sabemos que estamos en casa.

 

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