Caminar por un glaciar es caminar sobre el silencio. La ceremonia comienza en el momento en el que hay que sentarse, ponerse los crampones, coger el piolet y atarse al compañero. Comienzas a caminar con una mezcla de intranquilidad y respeto. Lo recuerdo como cuando de pequeño entraba en la biblioteca del barrio, veía a todo el mundo concentrado en el estudio,y yo intentaba llegar a los comics de Tintín casi sin pisar el suelo, con miedo a que pasara algo, conteniendo casi la respiración. Cogía el comic e intentaba salir de allí lo más rápido que podía. Era un sitio raro con gente en silencio.
Pues esa mezcla de curiosidad y ganas de irme tengo cuando entro en un glaciar. Con un poco de miedo a tirar los libros al suelo, de que el hielo eterno esconda una grieta también eterna, que tropieze y caiga sobre un estudioso abogado, que el piolet no entre lo suficiente en el hielo.
Nacho regresando al valle. Parte del glaciar de Monte Perdido al fondo
El glaciar del Monte Perdido es maravilloso. Es de los pocos que quedan en los Pirineos y está en continuo retroceso, pero es maravilloso. Es gris, celeste, blanco, negro... su lengua parece estar en equilibrio sobre la cara norte del Perdido, recordándonos que le estamos haciendo daño, pero aún así ofreciéndonos imágenes increibles.
Acerca del Monte Perdido unos cuentan que sobre tres princesas tristes surgieron las tres sorores (Añisclo, Perdido y Cilindro), otros que un pastor de corazon duro que rechazó a un mendigo fue convertido con su rebaño en el Perdido, y los que menos sueñan dicen simplemente que desde la parte francesa no se veía y ellos lo bautizaron. Mi historia es que yo estaba perdido cuando lo encontré por primera vez hace 4 años. Ahora estamos aquí otra vez, buscando un camino por la cara norte y pensando ya en lo bonito que debe estar en invierno. Caminando con sigilo sobre el glaciar, porque yo al final quité solemnidad a las bibliotecas, donde hasta me llegué a enamorar.
Monte Perdido desde el collado del Cilindro




