El macuto que estoy preparando a mi lado no tiene mucho sentido. Parece que alguien ha metido dentro todos los objetos olvidados de una cinta de equipajes de un aeropuerto. Se mezclan guantes de alta montaña con chanclas, gafas de ventisca con bañador, ganas de meterme en los Alpes e intranquilidad por hacerlo. Ir a Pirineos, a Picos, a Gredos o, más aún, a Guadarrama forma parte de lo normal. Conozco más o menos como se comporta el tiempo, en qué bares parar a preguntar, qué carreteras coger. No conozco ni mucho menos todos los caminos y montañas, pero si me encuentro en mi barrio, con la tranquilidad que dan los amigos y los bares de siempre. Sin embargo Los Alpes los afronto con ese miedo que me causa lo desconocido, ese espacio que pongo ante las caras nuevas y a la vez esa ilusión con la que me suelo enfrentar a los nuevos descubrimientos.
 
 Diente del Gigante
 
Y aunque me faltan algunos y algunas, los que están son los mejores que podía haber. Porque Nacho fue al que primero me até a una cuerda y del que todavía no he desecho el nudo. Juanito fue la ilusión de unos ojos tremendos la primera vez que vieron el Naranjo de Bulnes. Álvaro fue la novedad, cerciorarme que todavía podía aparecer gente importante en mi vida. Carlitos Muelas fue las ganas de subir, el entusiasmo hecho montañas. Y porque Alberto fue el reencuentro, retomar nuestras vidas años después en el mismo sitio pero en muchos lugares distintos. Porque a los seis nos interesan muy poco los metros y los grados, los nombres y los héroes. Nos interesa sobre todo el camino.
 
Cervino-Matterhorn
 
Y de esta forma aterrizo hoy en Ginebra. Con el Diente del Gigante como una pequeña ilusión que ha ido creciendo con los días. Una aguja de roca a la que en el siglo XIX se llegó a lanzar un cohete para atarle una cuerda y facilitar así su acceso. De momento vamos a intentarla sin cohete, con nuestras manos y pies seguro que en algún momento algo de rodillas y codos, que nunca fuimos muy perfectos en esto de la escalada. Luego llegará el Cervino. Allí si que se pusieron nuestros ojos hace mucho tiempo y los de mucha gente durante toda su historia. Los habitantes de la zona creían que era la montaña mas alta del mundo y que en su cima se encontraba una ciudad habitada por diablos y seres malignos. Parece ser que si miras con cuidado hacia su cumbre puedes ver murallas, calles y casas. Vamos a ver si es verdad. Y esta noche dormiré ya junto al macizo del Mont Blanc donde realmente empezó todo esto. Y dormiré mal, comeré peor y estaré muy cansado durante muchos días. Y a la vuelta sabré si realmente me gusta esto de la montaña.