[ Miradas ] 29 Mayo, 2010 18:19
Batiburrillo de momentos y de proyectos. Mes donde recupera vida este congelador que tengo por casa. Mes del regreso a las chanclas. Mes donde a Ángel le arrasó la tristeza cuando parecía que era alérgica a ella. Mes de bailes de calle y no de salón. Mes en el que quiero ser cantante de boleros. Mes de 30 minutos en Lisboa, 1 hora en la Pedriza y demasiado en Madrid. Mes que termino en Milán sin saber muy bien por qué. Mes que esta vez utilizo simplemente para que llegue el siguiente.
 
Un charco en San Siro
Un charco en San Siro. Milán

 
 
[ Montañas ] 23 Mayo, 2010 00:03

Iñaki Ochoa de Olza se quedaba para siempre en la pared sur del Annapurna hace hoy dos años. Él no era un alpinista más. No era un coleccionista de cumbres, ni un charlatán de aventuras. le molestaba que le considerasen un héroe y nunca hizo ostentación de su curriculum montañero. Subía hasta donde podía y se daba la vuelta cuando creía que había que hacerlo. Su visión del monte estaba muy lejos de las carreras y las competiciones, de los asedios y las marcas. Podriamos decir que murió donde él quiso, pero le gustaba tanto la vida que seguro que no estaría de acuerdo. Era pura montaña.

Las montañas de todo el mundo deben estar mirando hacia sus faldas entre enfadadas y divertidas el espectáculo que las recorre. Carreras y competiciones por ser la primera mujer en alcanzar las 14 cumbres de 8000 metros. Padres que intentan que su niño de 13 años sea el más joven en  llegar al Everest. Miles de botellas de oxígeno abandonadas cuando ya sólo eran botellas. Programas de televisión que dan la opción a novatos en las montañas de comprar ilusiones que nunca han sido suyas. Héroes. Gloria. Ataques a cumbre. Victorias. Derrotas. Palabras que nunca pertenecieron al montañismo.

Colección Iñaki Ochoa de Olza

En todo este jaleo alpinístico en el que comienzan a participar grandes empresas y medios de comunicación, en el que se convierten las paredes en simples estadios de competición, es cuando la forma de acercarse a la montaña que tenía Iñaki recupera toda su importancia y valor. La pasión y grandeza que sentimos de niños en nuestro primer acercamiento a la montaña es la que mantuvo el alpinista pamplonés en todas sus expediciones, con los ojos bien abiertos, disfrutando de las luces del atardecer, de cada cumbre como si fuera la primera. Para él fue el monte Lakartxela en el valle de Belagua, para otros el Yelmo en la Pedriza, o el Txindoki en la sierra de Aralar, o el monte más cercano a nuestro pueblo, o aquel campamento en el que nos perdimos, o aquella excursión que terminó en el cuartelillo. Porque realmente esas sensaciones de aventura, de libertad, de descubrimiento y de sorpresa son las que siempre han caracterizado al montañismo, en contra de marcas, rivalidades y medallas que reinan en los deportes de competición.

Porque Iñaki sabía que la libertad que él amaba y buscaba a través de las montañas no se encontraba en ser el primero en llegar, ni en acumular menciones ni records, sino que se encontraba en las cosas cotidianas que le proporcionaba el camino. Compartir sopas de sobre en un iglú zarandeado por el viento, en un lugar donde hay la mitad de oxígeno que al nivel del mar, con un joven sherpa de la aldea de Pangboche era para Iñaki hacer montaña. Recorrer los caminos que llegaban al campo base comiendo chapatis y bebiendo chai, saludando viejos conocidos, tratando de igual a igual a todos, era para Iñaki hacer montaña. Renunciar a cumbres que le habían costado sus ahorros y sus esfuerzos de los últimos meses por ayudar a un amigo o desconocido en problemas era para Iñaki hacer montaña.

Iñaki en el memorial del Annapurna a su gran amigo Anatoli Boukreev / Coleccion Iñaki Ochoa de Olza

 Pero hasta las montañas que amaba Iñaki ya han llegado los tiempos modernos. Esos en los que no se entiende el esfuerzo si no hay un enemigo, en los que no se entiende una vida sin triunfadores y fracasados, en los que no se entiende el hacer las cosas por el sencillo y maravilloso placer de hacerlas. Así, un lugar tan puro se ha cargado de estúpidas connotaciones que suben desde el valle y arrasan las cumbres. Alpinistas que olvidan el camino y sólo piensan en la gloria. Como si esta se encontrara a 2000, 5000 o incluso 8000 metros. En un artículo escrito días antes de salir hacia la cumbre del Annapurna, de donde no regresaría, Iñaki Ochoa de Olza resumía claramente su credo en el monte: "No hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hecho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos".

 El alpinista pamplonés nunca busco el aplauso fácil del público, nunca persiguió las carreras alpinísticas, disfrutó a su manera y con los suyos de sus pequeños éxitos y regresaba año tras año al Himalaya porque sabía que aunque asumía riesgos, tampoco en la ciudad nadie le garantizaba nada. Sobre el peligro decía que éste no estaba en las montañas sino "en el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la soledad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia...".

Y así, con ese estilo independiente y esa búsqueda de la libertad y el amor en las montañas fue como se apagó su vida en la Diosa de las Cosechas un 23 de mayo de hace dos años. Una de las muchas veces que Iñaki supo que había que renunciar a la cumbre.

Mientras, estos días de mayo, filas interminables de ricos héroes trepan enganchados a sus botellas de oxígeno la ruta suroeste del Everest. Apoyados por sherpas de altura y con ropas de última tecnología, compran su sueño por un buen puñado de dólares. Buscan la gloria a 8848 metros. Atacan la cima. Triunfan y fracasan. Cómo explicarles que esas palabras no existían para Iñaki Ochoa. Cómo explicarles que ser montañero no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicarles que la grandeza no habita en lo grandote.

Artículo publicado en el Número 126 de Diagonal, del 13 al 26 de mayo de 2010

[ Montañas ] 05 Mayo, 2010 16:52
Sentir pinchazos en las piernas. Esta pedalada tiene que ser la última. Intentar llegar hasta ese palo. No mejor hasta aquella piedra. Que lejos esta esa piedra. Es que no se acerca. Venga que llego, dos pedaladas mas. Las piernas me pinchan ya demasiado. Ya no ando. Venga mejor hasta el palo. Esta un poco mas lejos, pero mejor hasta el palo. La piedra está demasiado cerca y así no llego nunca. Si llego al palo quizás pueda permitirme descansar un poco. Mira la piedra, si me hubiera quedado con ella ya estaría descansando. Pero escogí el palo, queda mas lejos. Joder, tenía que haber escogido la piedra, pero ya no voy a dar la vuelta. Sería estúpido. Si doy pedales es para ir hacia delante, no para buscar sitios para descansar. Es para llegar a montañas, prados verdes o simplemente palos. Como me duelen las piernas. También parece que el hombro me tira un poco desde hace rato. Ya está cerca el palo. Venga, deben ser 20 pedaladas. Quizás 30. Si 30. Porque en 20 llego al charco, pero allí es imposible. Si he dicho el palo es el palo. No puedo cambiar de pensamiento a cada momento. Anda que nube más bonita. Mejor concentrarme. Venga, ahora si deben ser 20 pedaladas. Las piernas me van a reventar. Y este maldito sonido de la cadena. Cuando me pare tengo que mirarlo porque me está volviendo loco. Mira el charco. Vamos que llego. Venga. Joder las piernas como me pinchan. Tengo un cordón desatado. Este ruido es insoportable. No puedo mas. Venga 5 pedaladas. El palo. Este ruido. El hombro me duele casi mas que las piernas. El palo. El cordón. El ruido. Mis piernas. El hombro. El palo.
 
Y luego un prado verde. Una noche perfecta. Una luna llenísima. Un poco de queso. Dos días después descendemos libres hasta el principio. En la carretera entre Sotres y Poncebos solo hay que dejarse llevar. No hay que dar pedales. El orbayu contra la cara y un agradable olor a humedad despide el camino. Sólo nos tenemos que dejar llevar.
 
 



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