Nos despertamos a la estúpida hora de las dos de la mañana. Tenemos que desayunar algo aunque tengamos la sensación de que alguien nos aprieta el cuello para no tragar. Fuera hay un silencio terrible. Mientras me pongo los crampones pienso en gente que quiero. Unos duermen y otros están de fiesta. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para tomar un té con galletas, ponerse unos pinchos en los pies y una luz en la cabeza. Salimos sobre las tres del refugio y pienso que vamos tarde. Hay que joderse. Caminamos guiados por nuestros pies y abandonados por nuestros ojos. La nieve esta dura como el asfalto y en el cielo deben estar practicamente todas las estrellas que existen.
 

 
Ayer dejamos nuestras propias miguitas de pan en el camino, en forma de huellas sobre la nieve, asi que sólo tenemos que seguirlas en la oscuridad para colocarnos al pie de la escalada. Son las 5 de la mañana y apagamos nuestras luces. El aire está frío y veo todo azulado, escuchamos como cruje el hielo y las rocas. Pienso en los que quiero. Los que estaban de fiesta deben estar casi acostándose o intentado dar los últimos besos, en el último bar, con la última copa. Los que duermen se despiertan a beber agua y se quedan casi dormidos mientras llenan el vaso. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para buscar un pequeño puente de nieve helada por donde superar una gran grieta que da acceso a la pared de nieve.
 

 
Durante toda la subida parece que la noche duda abandonarnos y el sol duda salir. La sombra cada vez ocupa menos parte de la pared y damos la bienvenida al sol, aún sabiendo que aquí su calor nos puede traer muchos problemas. Cuando llegamos a la cumbre sobre las 8.30 el día ha ganado totalmente la partida. Todavía alguna estrella tintinea en el cielo. La luz es maravillosa para observar las montañas, para ver por donde hemos llegado y hacia donde debemos irnos. Nuestras sombras gigantes se proyectan sobre la ladera de la montaña. Pienso en los que quiero. Los que dormían empiezan a funcionar. Hacen zumos de naranja, se suben al metro compartiendo cuerpo con otros, cuelgan el abrigo en la percha de su aula, esquivan coches con sus motos... Los que estaban de fiesta duermen. Excepto alguno que consiguió ese último beso, en ese último bar, con esa última copa.