Hace tan sólo unos días que decidimos que mañana nos vamos a los Alpes. Sin preparar casi nada y sin apenas dinero intentaremos apurar este verano que comienza a amarillear. Lo hemos decidido tan rápido y sin pensar que me he dado cuenta que he desplazado un poco mi señal de lejos. Porque mi lejos hubo un tiempo que estaba aquí al lado, prácticamente salir del barrio era irme lejos. 
Era irme lejos aquellos viajes a la playa en el que los preparativos eran casi igual de largos que el viaje. Mi padre preparaba durante días el coche, mi madre la comida como si nada se pudiera comprar en el destino, mi hermano discutía por todo lo que fuera posible discutir, mi hermana dudaba entre qué ropa llevar y yo bastante tenía con mantenerme de pie luchando contra el cocktail de biodraminas que llevaba en el cuerpo.
 
 
 
Era irme lejos la sierra, luego el pueblo, después Picos de Europa y luego Pirineos. Pero fuimos acercando todos esos lejos al convertirlos en viajes habituales.
Y hasta hace poco era irme lejos los Alpes. Pero empezamos a conocernos el camino. Ya sabemos donde podemos tomar café y cerveza barata (que en Chamonix ya es mucho saber). Ya sabemos donde nos podemos colar para dormir gratis y  donde comprar un pollo asado. En qué tiendas sólo nos podemos permitir robar y en cuales nos roban a nosotros.
Así que el macuto que tardaba horas en hacer lo prepararé esta noche en unos minutos. Las biodraminas conseguí dejarlas hace años. Ropa de abrigo, algún libro y el saco de dormir. En Girona las cuerdas, algo de comida y dos amigos. Ya esta todo lo imprescindible para vivir estos días. Y para dar otro paso en este proceso de alejar(acercar) el lejos, de hacer simple el viaje.