Cuando aprieta el frío algunos nos ponemos contentos. Cuando vemos caer nieve, cuando en nuestra casa hace más frío que en un refugio de montaña y cuando los telediarios recomiendan no coger el coche nosotros cogemos los trastos. Nos vamos a Els Encantats, unas montañas del pirineo catalán que se formaron porque dos cazadores prefirieron ir a por un rebeco que asistir a misa en el pueblo de Espot. Y claro, el castigo divino no se hizo esperar y les dejó convertidos en roca.

Nacho en el descenso de Els Encantats 

Nosotros comenzamos cayendo. Pero dos veces, en honor a cada cazador. Dos ostias que nos despiertan como un buen café y nos empujan hacia arriba. El reloj marca -13 grados a las 11 de la mañana y para tranquilizarnos lo damos por roto. Mi barba se llena de hielo y el aire, como si no quisiera que estuvieramos allí, nos lanza la nieve a la cara y nos zarandea de un lado a otro. Nos da un respiro cada cierto tiempo, pero cuando nos confiamos regresa con peor genio. Cuando estamos a 100 metros de la cumbre y con lo más difícil caminado nos cansamos de la batalla. No tiene sentido subir hasta donde no nos apetece. Estamos felices aquí y los cazadores sabiéndose vencedores dejan de soplar. Comenzamos el fácil descenso y lo convertimos en difícil. Es una habilidad que hemos adquirido con el tiempo. Tres pinos colocados cada 30 metros y cada vez más delgados nos sacan de allí. Yo sigo esforzándome cada día en no ir a misa, a ver si tengo la misma suerte de convertirme en montaña.