En el deporte profesional no abunda la buena gente. Eran los mejores de su portal, los mejores de su cole, los mejores del barrio, de su pueblo, de su ciudad, algunos hasta los mejores de su mundo. Y eso al final te convierte en uno de los peores. Recuerdo a algunos del colegio. Se podían regatear en cada recreo a 200 o 300 niños y marcar un gol. Ya en esa microescala no había quien les aguantase. Cada día me toca soportar a esos que suben de regreso a clase mirando por encima a todo el mundo. Los veo y fotografío cada día. Nunca he encontrado facilidades de ninguno. Ni un gesto amable. Ni una sonrisa que les hiciera parecer de este planeta.
 
  Oscar Freire en la Volta a Mallorca
 
Por eso da gusto encontrarte cada cierto tiempo con Oscar Freire. No es cualquiera. Es probablemente el mejor ciclista. No esconde la cabeza. Hace cosas normales. No le intimidan los magnates del ciclismo. Habla sobre la insolidaridad de sus compañeros. Critica la actitud de los medios de comunicación. Llega tarde a los sitios. Coge su teléfono y baja de su habitación para atender a todos. Agradace las preguntas en las que otros se levantan. Ahora camina sólo porque se ha cansado de intentar unir el egoismo del pelotón. Corre de igual forma. Libre, esprintando sin ayuda. Sólo. Y cuando acaba el recreo y ha sido el mejor, no regresa a clase riéndose del resto.