La Paz es una ciudad en guerra permanente. En guerra de claxon y de humo, de mercado en la calle y de voceros que anuncian el recorrido de los minibus. En guerra de cables que cruzan el cielo intentando llegar a las casas, de bachata luchando por salir de las ventanas, de campesinos venidos de todas partes buscando vender una naranja.

Nosotros hemos ido y venido constantemente. Hemos subido y bajado montañas. Hemos descubierto que subir muy alto sólo representa subir muy alto. Que no tiene sentido si no se acompaña de estilo, de imágenes, de tranquilidad como si estuvieras al nivel del mar. Hemos visto que nos da igual subir montañas de mas de 6000 metros si lo hacemos de noche, sin disfrutar de la ruta. Si lo hacemos sin sentirnos felices no queremos este estilo de montaña.

Nacho en la arista del Pequeño Alpamayo

Pero también hemos confirmado que si hay montañas altas que nos atraen. Montañas quizás un poco mas alejadas del ruido turístico, de esas cifras mágicas que alpinistas recitan como si fueran un rosario: 6000 metros, 7000 metros, 8000 metros, 20000 metros... Aristas que hemos subido solos, donde hemos podido disfrutar de la altitud y de la buena montaña. Hemos tenidos cagaleras, vomitos, insomnios, esguinces, dolores de cabeza, hambre, sed y suciedad. Y sin embargo volvemos con una gran sonrisa.