Pasa el tiempo. Al principio sólo minutos. Luego días. Cuando te quieres dar cuenta han pasado meses. El acento boliviano ya suena extraño. He olvidado el cambio de la moneda. La cumbia vuelve a molestarme y no encuentro ningún bar donde sirvan Paceña. Las imágenes que eran frío, viento y altitud ahora son sólo datos numéricos de un disco duro. Asi que hago un esfuerzo y me siento a organizarlas. Intentar revertir el proceso y convertir esos datos informaticos de nuevo en sensaciones. En un amanecer a 6008 metros de altura. En una cumbre insignificante que nos supo a los tres como el Everest. En unos días fantásticos llenos de silencios, de risas y de amistad de la buena. En la estupida felicidad que me genera el ruido de los crampones contra el hielo.