Si encuentras un buen libro, una buena conversación, una buena escalada, una buen película, entonces ocurre. Mientras clavas el siguiente piolet, mientras pasas a la siguiente página, mientras esperas una hermosa respuesta no hay momento para nada más. Ni para problemas, ni para recuerdos, ni para proyectos. Simplemente te concentras en ese instante. Y sencillamente olvidas que existes.

Asi llevo este mes de mayo.

Mudanza vital. No voy lejos en distancia pero si en vida. Chimenea, huerto, grillos. Esta vez comparto las cajas, las dudas, las ilusiones. Ya no cuelgo sólo los cuadros y eso ayuda mucho para que no estén torcidos. Ya no pienso sólo cómo poner la cama y eso me ayuda a dormir. Dame otro beso y ya pensaremos donde poner esa lámpara.

 

  Nieve. Piolet. Crampon. No hay espacio para más en la cabeza.

Descendemos con esquís sobre el glaciar del Aneto. Pensando dónde hacer el siguiente giro, dónde caerme la próxima vez. Subimos la cara norte del Monte Perdido. Un piolet, un crampón, un piolet, un crampón. No hay tiempo para pensar en uno mismo. Simplemente para continuar esta escalada que empezamos a las 3 de la mañana y nos lleva a la cumbre sobre las 9. Entre una cosa y otra plancho una camisa mientras suena Rocío Jurado. No dejamos que un estúpido juicio juzgue nuestra vida. Continuamos sin saber que existimos.

Acabo mayo disfrutando de la carrera más bonita de la temporada ciclista en plenos Dolomitas. Las tres cimas de Lavaredo, la Marmolada, el Mortirolo... he visto tantas fotos antes que uno tiene miedo de que no sean tan increibles. Pero no hay decepción posible.

¿Es egoista olvidar que existes?