Un día que empieza a las cuatro de la mañana en Madrid. Ducha rápida y taxi lento. Avión ultrarápido en el que me duermo casi antes de ponerme el cinturón y me despierto ayudado por una azafata (luego diré que cada día me pone más nervioso volar). Amsterdam vuela sobre bicicletas. Tranvias que se cruzan y canales que desprenden olor a mar. Buscamos una aguja en el pajar y casi nos pinchamos sin meter la mano. Nos sentamos en un coche como dos policias secretas y esperamos, esperamos, seguimos esperando a que nos conceda una entrevista. Dos fotos. Y me sobra una. No queremos mucho mas. Primero sol. Lluvia. Tormenta. Sol. Arcoiris. Granizo. Lluvia. Atardecer cuando todavía casi no es tarde. Frío intenso. Noche cerrada. Frío que debe ser holandés. Ahora me sobra hasta una.

Tras casi 16 horas después de despertarme en mi cama ya hemos terminado. Todo ha salido bien pero no podemos ni movernos. Hemos comido de poco a nada y el sueño puede conmigo. De repente ocurre algo mágico. Nieva. Nieva mucho en Amsterdam. La emoción puede con mi cansancio y se me olvida todo, salgo disparado del hotel a hacer algunas fotos. La gente no se para a mirar la nieve. Parezco ser el único emocionado con la situación. A casi todo nos acostumbramos. Pocas fotos. Una chica en bicicleta es la última foto antes de regresar el cansancio. Hoy miro el resultado de mi excitación en plena nevada. Alguien ha escrito en el muro de mi foto. Sometimes it helps to dream. Me imagino que habla de la nieve.