Salgo de un hotel en Munich queriendo estar triste. Buscando nostalgia y tranquilidad. Me encuentro una boda, a la que por supuesto no estoy invitado. Mientras me abro paso entre los invitados, ellos me miran como si fuera a robarles su alegría. Hoy no tengo ganas ni de robar. Huyo de esta felicidad y caigo de bruces en una gran verbena. Todo el mundo rie y yo naufrago entre fruta escarchada, gritos de atracciones y olor a caramelo.

 

Me paro ante las sillas voladoras y las miro durante un rato. Recuerdo como me gustaban y el miedo que me daban. Mi hermana, siempre más valiente, intentaba darme la mano para unirnos en el vuelo. Yo me agarraba a esas minúsculas cadenas que nos hacia sentir que volábamos y disfrutaba de este miedo elegido. Ahora las veo volar en esta noche de Munich que me obliga a estar de verbena.