danisanlo@sindominio.net
Un jubilado en Mallorca, un gato y un chiringuito
Para volver a volver. Rabat y Tánger
Blanca tiene una casa pero está en Rabat. Pillamos un vuelo a Casablanca y de allí un tren a la casa de Blanca. Una casa que la reconoces por sus geranios de colores, aunque por dentro también es blanca. Tiene algo de eco que rápidamente lo sacamos a gritos. Y en Rabat, el antiturista que me posee se olvida el mapa en casa, asi que tengo que buscar los tesoros a tientas. Y me pierdo en las callejuelas de la medina, donde no creo que ningún mapa hubiera servido. Querría ver yo los gps por estas calles... así que lo mejor es esperar la noche y buscar la estrella polar. Sin mapa del tesoro encuentro miles a cada esquina, y con tanta callejuelas hay casi más esquinas que paredes. Aquí perseguir algo es una tontería, y más si es una foto. Mejor sentarte en cualquier escalón de la kasbah y esperar que la foto pase por delante. Y yo con esta cámara...
En Tánger comprarmos pescado y carbón y preparamos un tayín. Y pasamos frío del marroquí, que es casi exactamente igual al de cualquier otra parte del mundo, lo único que lo pasas en Marruecos. La luna llena nos sorprende bailando y cantando a los Gipsy Kings, alli, en una terraza de Tánger, caminando por la calle yo te ví... Y vuelvo con ganas de volver. Con necesidad de volver. Y esos son los sitios y las cosas que me gustan, las que provocan otras nuevas, no las que terminan.
A veces la nieve ayuda a soñar
Un día que empieza a las cuatro de la mañana en Madrid. Ducha rápida y taxi lento. Avión ultrarápido en el que me duermo casi antes de ponerme el cinturón y me despierto ayudado por una azafata (luego diré que cada día me pone más nervioso volar). Amsterdam vuela sobre bicicletas. Tranvias que se cruzan y canales que desprenden olor a mar. Buscamos una aguja en el pajar y casi nos pinchamos sin meter la mano. Nos sentamos en un coche como dos policias secretas y esperamos, esperamos, seguimos esperando a que nos conceda una entrevista. Dos fotos. Y me sobra una. No queremos mucho mas. Primero sol. Lluvia. Tormenta. Sol. Arcoiris. Granizo. Lluvia. Atardecer cuando todavía casi no es tarde. Frío intenso. Noche cerrada. Frío que debe ser holandés. Ahora me sobra hasta una.
Tras casi 16 horas después de despertarme en mi cama ya hemos terminado. Todo ha salido bien pero no podemos ni movernos. Hemos comido de poco a nada y el sueño puede conmigo. De repente ocurre algo mágico. Nieva. Nieva mucho en Amsterdam. La emoción puede con mi cansancio y se me olvida todo, salgo disparado del hotel a hacer algunas fotos. La gente no se para a mirar la nieve. Parezco ser el único emocionado con la situación. A casi todo nos acostumbramos. Pocas fotos. Una chica en bicicleta es la última foto antes de regresar el cansancio. Hoy miro el resultado de mi excitación en plena nevada. Alguien ha escrito en el muro de mi foto. Sometimes it helps to dream. Me imagino que habla de la nieve.
Fuera llueve. Sobre una ciudad demasiado grande. La primera impresión desde el avión es de angustia. Desde el aire no se ve un sitio libre sobre el suelo de DF. El hormigón no cree que ha sido bastante y se empeña en seguir creciendo sobre las montañas volcánicas que rodean la ciudad. La gente desde el aire no existe. No se ven ojos ni se tocan manos. Dicen que ahí abajo viven 22 millones de personas. Yo no veo a nadie.
Necesito despresurizarme y tomar oxígeno. Empezar a organizar mi angustia ante esta nueva ciudad tan lejana al modelo que busco. Yo intentando quitar hormigón de mi vida y me encuentro en Distrito Federal. Sin embargo tras los primeros días ya comienzo a ver caras. O pasear calles y poner algunos rostros a esos 22 millones que desde el aire eran una cifra.