En Praia do Amado todo se queda en silencio al atardecer. Los surfistas locales recogen sus tablas y vuelven a casa a cenar. Las escuelas de surf bajan los cierres y despiden a sus últimos clientes. Algunos aprovechan las tranquilidad de la playa para pasear con el perro o correr buscando su larga sombra. El bullicio del día deja paso a la total tranquilidad. El sol desciende cada vez mas rápido, tanto que cuando bajas la cabeza para abrir otra cerveza, ya ha desaparecido. No se escucha nada.

Atardecer desde la furgo

Es el momento perfecto para preparar la cena. Las pocas furgonetas que llevámos aquí ya varios días somos prácticamente de la familia. Preguntas a los vecinos cómo fue el día, pides algo de pan, compartes ese momento mágico tomando una cerveza que alguién te puso en la mano. La chispa de este campamento indio la enciende Federica con unas cañas de bambú, la grita y llora la pequeña Paulina, la pone música Nacho, la hace sonreir Patrick, la cocina Jose.

Observando al maestro
 

Aquí tenemos buenas ondas, pequeña escaladas, mucha arena en los pies, un poco de sal, Cinco horas con Mario que nunca empecé, unos perros que me robaron mis zapatillas, 8 días que parecieron 2, un día que escalé desnudo, una noche que no paré de soñar. Muchas ideas. Una de ellas, la de venir aquí a vivir para siempre.

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