En mitad de los Picos de Europa están los Quintanales. Es la casa de Simon y sólo se llega a través de un camino que a veces hay que subir a pie. Allí vuelvo casi cada mes, a descansar de la escalada, del trabajo, del descanso. Hay días en los que allí no hacemos absolutamente nada, sólo tomar té, echar leña al fuego y estar en silencio. Un día subes y no hay nadie. Otro llegas y hay un irlandes con tres rubias yankis. Otro día llegas y hay una australiana artista, una israelí naturópata y un albañil venezolano. Y a veces nos servimos un vaso de vino y ocurren estas cosas. A un lado del vaso una rumba estruendosa y desafinada. Al otro Heidi, una galesa que intenta aprender español con nosotros de maestros.