El Tour de Francia siempre sabe a sandía. Siempre huele a aftersun. Niños sin camiseta, señoras en bañador, cafés con hielo y helados de nata. Esa televisión que a veces está nublada, llena de interferencias de tormenta y problemas con el helicóptero de la señal. Comentarios sobre los tramposos italianos, sobre los escaladores colombianos, los rodadores centroeuropeos, los fracasos franceses, las sorpresas españolas. Alguien se queda un poquito dormido.

El Tour no se puede ver en un pueblo de Texas a las 9 de la mañana. El Tour se ve después de comer en una piscina pública. Desde allí en 1989 y entre olores a crema solar y a expectación mucha gente se agolpa ante la televisión. Un segoviano llamado Perico es favorito y eso para la gente de la piscina ya es ser mucho. Es el prólogo y Perico no aparece. La gente come algún helado y empieza a rumorear que este chico está loco. Que no quiere volver a ganar el tour y que no se presenta. Llega casi tres minutos tarde a la salida y gusta. Los piscineros disfrutan a lo grande durante las siguientes etapas de montaña atacando a Lemond y Fignon. A la gente de repente le gusta el Tour, todos prefieren llegar tarde a los sitios y si hay que atacar a un yanqui y un francés la cosa es divertida. Después un chapuzón.


Luego llegó Induraín y se sintió la victoria como condena, la falta de alegría, la conversión de esta aventura ciclista en un monólogo propio de otros deportes. Muchos vivieron aquellos años en una gran playa de Salou, viendo ganar constantemente a Indurain en un chiringuito. Aburridos, desconcertados, empachados de alegría. Tristes por Chiappucci, que era más de los suyos. Así que todo el chiringuito celebra a su manera aquel 6 de julio de 1996 en el que Indurain se hunde en Les Arcs (Alpes) y Hautacam (Pirineos). Un Tour organizado para él y quizás para nosotros, con paso incluido por la puerta de su casa en Villava, por donde han pasado casi ocho minutos antes el resto de los corredores. La siesta interrumpida minutos antes de la linea de meta.

Y es que los 12 años en los que Indurain y Amstrong impusieron su aburrimiento el Tour de Francia se convirtió en una carrera vulgar. Pero existió 1998. Un año mágico entre esas dos etapas oscuras. Los niños del camping de La Garrucha disfrutaron con un frigopié en la mano de un espectáculo en el puerto de Galibier. Chava Jiménez y Marco Pantani devolvían las sonrisas. Emocionantes verles levantarse del sillín sin mirar atrás. Emocionante recuperar la aventura del ciclismo. Emocionante ver que todavía la gente se podía divertir después de comer. Fue un verano feliz y libre, con ataques al presente con desenfreno. Corriendo demasiado como hacían ellos. No es raro seguir viendo pintadas sobre el asfalto, de esas con brocha y pintura blanca, de esas que simplemente dicen "tu sei sempre nel nostro cuore". Fue un año sin siesta.

 
El aburrimiento regresó con las siete victorias consecutivas de Amstrong, que acabó por destrozar los lugares comunes del ciclismo. Nadie se acerca a ver las televisiones. simplemente se pregunta si ha vuelto a ganar. Si hay algún positivo. Si de nuevo el ciclismo se ha convertido en un asunto burocrático. Se reparten etapas. Se juega con las ruedas marcadas. Todo el mundo se echa la siesta. 

 Nos despertamos sobresaltados. Contador, los hermanos Schleck, Evans... Llega la alegría en la bicicleta, las sonrisas en la gente y con ello todos los demás sabores y olores del verano. En un camping de Pirineos a los pies del Monte Perdido la gente se reúne en torno a una televisión que ahora es plana. Contador lanza un ataque a su compañero de equipo Amstrong en Verbier, en los alpes suizos. El americano esta vez no puede. Por fin se rompe el verano. Por fin se vuelve a ver el Tour en las piscinas públicas, en los chiringuitos, en los campings. Las siestas pueden esperar. Un niño junto a su padre observa el alegre pedaleo de Contador. En sus manos sostiene una raja de sandía a medio comer. 

Artículo publicado en el número 130 de Diagonal, del 8 al 21 julio de 2010