Miró a su alrededor y sus compañeros le devolvieron la mirada. Ninguno sabía que hacer con aquellas bicicletas. Les habían cambiado el guión y estaban confundidos. No había nada que prohibir porque no había ningún delito. No había a quien insultar porque no había ningún insulto. No había nada que hacer ante aquellos que no estaban haciendo nada. Volvió a mirar a su alrededor buscando respuestas mientras se aferraba con fuerza a aquella bicicleta. Se parecía tanto a la que tenía su cuñado en el pueblo. Se sintió tan estúpido que poco a poco fue abriendo la mano y dejando escapar aquella bici azul. Prefirió no pensar. Cogió su porra y continuó su jornada laboral.