Hay lugares que no son mas que pasado. El futuro no se ve por ningún lado y el presente es simplemente nostalgia. Así encuentras sitios anclados a tiempos gloriosos igual que encuentras señoras que se visten como quinceañeras y se estiran la piel.

El restaurante O Pescador ya no sirve pescados. Ni cervezas. Ni tan siquiera ya es un restaurante. A su puerta todavía se ven las barbacoas oxidadas que asaban sardinas, las sillas apiladas que pasaban de mano en mano, las botellas de vino ya bebido. Cuando atardece es fácil cerrar los ojos y escuchar algún fado sonar, algún marinero borracho balbucear sobre aquel tiburón que todo el mundo conoce pero que nadie se cree, alguna partida de dominó, alguna disputa de amor. El pasado se agolpa en torno a un restaurante que bien podría ser un barco varado en cualquier playa, crujiendo sus maderas con la dignidad de los buenos tiempos, como si en cualquier momento pudiera volver a la mar.

 

Praia Almograve. Baixo Alentexo

 

A diario, como un viejo marinero que observa mecerse su embarcación, regresa puntualmente su dueño. Abre la puerta, barre el salón, limpia los baños y enciende la televisión. Y se sienta a verla con los ojos cerrados. A disfrutar del ruido del pasado excepto cuando algún despistado viajero le interrumpe para intentar tomar algo. Entonces regresa al presente y responde casi sin levantarse: -¡Está cerrado este año!-. Dejando una puerta abierta a un futuro que sólo él no ve.

Entonces vuelve a su silla mientras la televisión anuncia la inauguración de un nuevo complejo hotelero en la zona con restaurantes y campo de golf. Y cierra los ojos. Para ver el pasado.