Estábamos en el Cancho de los Muertos, en La Pedriza. Era de las primeras veces que me metía en una escalada clásica. Una escalada en la que la pared está virgen, sin chapas preparadas para asegurarte. En la que tú vas escogiendo el camino, visualizando las posibilidades de la roca, seleccionando entre tu juego de fisureros y friends cual puede entrar mejor en una fisura o en otra. Una forma de trepar rocas mucho más comprometida, más respetuosa con el medio, más creatíva y personal…

 

  

        Yo realmente no era ni hacía nada de eso, porque solamente era el novato asegurador, el impaciente asegurador que permanecía abajo y preguntaba a cada metro cuanto me quedaba para empezar, por qué iba tan lento, si no era más fácil por el otro lado… Mientras mi compañero de cuerda eternizaba cada pequeño paso (tenia que asegurarse, intuir por donde continuar…) el sol empezó a pegarme en la cabeza. Un sol duro de la Pedriza, reforzado por la piedra granítica y que convirtió aquello en una sartén. En una sartén aderezada por los olores de la resina, de las jaras, creando un ambiente perfecto para echarse la siesta.

 

Mientras mi compañero me pedía paciencia y comprensión por la espera, me recosté sobre la piedra de espaldas, sin soltar la cuerda que me unía a él, y acomodando mi cuerpo al granito y siendo acunado por el potente sol, me dispuse a no dormirme. A esperar mi momento. Poco a poco, viendo los buitres sobrevolar los riscos pedrizeros, aflojándome los pies de gato para relajar, forzando a mis párpados a luchar contra las ganas de cerrarse… entonces ocurrió.

 

Me ví escalando en grandes paredes, cordadas increíbles junto a mis mejores amigos, trazando rutas imaginarias en los Alpes, mirando los valles verdes desde las más altas montañas blancas, regresando a casa tras largos viajes por el Himalaya…

 

-¡Ey cabrón, qué haces dame cuerda!

 

Abrí los ojos rápidamente y seguía siendo el segundo, el que asegura y no arriesga, el que no traza muchas rutas imaginarias sino sigue la línea marcada por la cuerda que le precede… Joder, me había quedado dormido asegurando a mi compañero de arriba. El grito y el susto con el que me desperté me espabilaron rápidamente, volví de nuevo a darle cuerda y a tranquilizarle:

 

-Nada hombre, que me había despistado un momento, pero te tenía controlado.

 

            Aquel día, regresando a pie hasta Manzanares para coger el autobús a Madrid, evaluando la escalada, pensando en cosas futuras, no le reconocí la verdad, me había quedado dormido mientras le aseguraba.

 

            Pasado el tiempo, cuando la confianza era mayor, cuando la escalada tenía mas ritmo y todo salía con mayor fluidez, se lo tuve que acabar confesando. Aquel día estaba soñando. Me miró y gritó -¡qué leches, estabas dormido!-