Fuimos a Pirineos a subir altas cumbres, corredores imposibles, cascadas de hielo inimaginables... y al final nos quedamos solo con la parte dura: frio, viento, mal comer y mal dormir. Y nos divertimos. El riesgo de avalanchas era alto y nuestros planes cambiaban cada cinco minutos. Probablemente el cambio mayor fue al llegar a la pradera de Ordesa, levantar la cabeza hacia el cielo y ver una avalancha perfecta desplomarse durante casi un minuto. Parecía un simple bote de harina arrastrándose por la montaña, pero su sonido nos dejó helados. Asi que había que esperar vientos mejores... y vinieron en forma de huracán. Una ventisca nos sorprendió la primera noche mientras colocábamos el iglú, y ese aire desesperante nos acompañó durante tres días. Tan locura constante fue el vendaval, que cuando paró al tercer día no nos dimos cuenta. Sólo notamos que algo nos faltaba. La conclusión fue clara: en la Patagonia tardaremos muchos años en ir a escalar.

Preparados para una noche larga

Así que decidimos subir, bajar, desmontar iglú, montarlo de nuevo, buscar refugios, preparar té, darnos cuenta que las temidas clavijas de Cotatuero eran un divertimento, y tener controlada la zona en invierno para la próxima vez. Porque Ordesa en invierno es otro lugar. El Monte Perdido que hace años subimos sin dificultad se convierte ahora en un monte perdido de verdad. Para llegar a él hay que usar raquetas, crampones y mucho tiempo. En 4 días nos encontramos a 4 personas. Y ya eran muchas.

 Aquí un video de algunos momentos

 

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