Ya se acabó. Estamos todos en casa, limpios, bien alimentados y volviendo al mundo. Han sido días de muchas emociones, de abrir los ojos de par en par, de buscar grietas en los glaciares, lineas imaginarias por las aristas... De deshacer nieve para poder hacer sopa, de ponernos los crampones para ir a mear, de despertarnos cuando casi nos deberíamos acostar. Han sido días que tendremos que ir poniendo poco a poco en orden, organizar todas las sensaciones acumuladas en nuestras estanterías de montaña, donde guardamos las cuerdas y los piolets.
 
Una noche en Aiguielle de Gouter, a 3863 metros
En Aiguille de Gouter a 3.863m, camino de la cumbre del Mont Blanc
 
Porque ya hemos vuelto de Los Alpes. Alberto escribía hoy en el cuaderno de viaje que "hay que amar el tiempo de los intentos". Y es verdad. Porque la gente acostumbra sólo a amar el tiempo de las victorias (o de los fracasos), a amar el tiempo de las cosas realizadas, a amar el tiempo de lo que se compra y vende. Nosotros hemos amado el de los intentos, el de las pruebas y los grandes errores, el de la continua equivocación de camino en que hemos convertido todas nuestras escaladas, en la eterna duda que era imposible resolver por mas mapas, brújulas y altímetros que utilizábamos.
 
En plena escalada del Dent de Geant, 4013 metros
En plena escalada al Dent de Geant
 
Y mientras lo intentábamos nos divertíamos, nos enfadábamos, nos caíamos en grietas entre risas y miedos, perdíamos el sueño por la altura, nos enamorábamos de todas las camareras, tiritábamos de frío por las noches y sudábamos por el día, hablábamos francés, italiano, eslovaco y muchos más idiomas que aprendimos, y hasta de vez en cuando, convertiamos los intentos en cumbres.
 
Nacho en la cumbre del Dent de Geant, a 4013 metros
Nacho en la cumbre del Dent de Geant, 4.013 m

 La cumbre del Mont Blanc, la cumbre del Dent de Geant, la cumbre del Pisón de Riglos y el intento frustrado al soñado Cervino. Ese sería el inventario racional del viaje, el de las estadísticas y las altitudes, el que los alpinistas imbéciles catalogarían en victorias y fracasos. En ese recorrido el Cervino sería nuestra deuda pendiente, nuestro sueño interrumpido por la falta de sueño, nuestro regreso al valle al límite de las fuerzas, mi sensación final de haber desaprovechado un momento mágico y único. Pero nosotros amamos el tiempo de los intentos, ese en el que la ruta es lo esencial, ese en el que nos han enseñado a vivir -seguramente en parte- para suavizar las derrotas.
 
Ya en casa, preparando la cena
En el hogar