Nos entrenan con la idea de que no hay que tomarse el trabajo de crear las cosas si se pueden consumir comprando (Eduardo Galeano, entrevista en Público). Un programa de televisión reality-alpinístico da la opción a novatos en la montaña de comprar ilusiones que nunca han sido suyas, de sentir la gloria, de ser héroes, de escalar el Pico Sin Nombre (estaría bien preguntarles a los lugareños tibetanos por el nombre). Los guías de montaña y las expediciones deben estar frotándose las manos con el formato, sabiendo que sus correos y sus contestadores se llenaran de pretendientes al sufrimiento, de aspirantes a héroes.
 
Apago la televisión y enciendo el cerebro. El espectáculo acaba de llegar a la montaña. Alcanzar la gloria dice el alpinista-presentador. Como si la gloria se encontrase a 2000, 5000 o incluso 8000 metros.
 

Yo escalo con mi gente, y con ellos llego lejos o no llego. Nos reimos y lloramos. No atacamos cumbres, ni luchamos contra la naturaleza, ni mucho menos vencemos montañas. Sabemos lo qué podemos y hasta donde, y cuando estamos cansados o inseguros nos damos la vuelta y nos vamos a buscar la gloria a un bar, que allí tampoco necesitamos guías. Considerar héroes a los montañeros es no saber nada ni de montañas ni de héroes. Cómo explicar que ser alpinista  no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicar que la grandeza no habita en lo grandote.