Manuel Serrano abría la puerta del portal con torpeza por los guantes y el temblor de sus arrugadas manos. Llevaba bajo el brazo una barra de pan y sus ojos azules brillaban por el hueco que permitían la bufanda y la boina. Respiraba forzadamente mientras miraba si había alguna carta en el buzón.

Dibujo de Miriam Rates

Ilustración de Miriam

 Aquel anciano, había sido uno de los mejores montañeros de Madrid. No se le resistía ninguna pared de la Pedriza, ninguna gran clásica de los Alpes y había participado incluso en algunas de las primeras expediciones españolas al Himalaya, con el dudoso honor de haber sido recibido por Franco a su regreso. Había escalado sin descanso la terrible pared norte del Eiger, había sido la primera persona en escalar los casi 600 metros de la pared oeste del Naranjo de Bulnes, había sobrevivido a dos días desorientado en el Everest a mas de 8000 metros de altura.

Ahora Manuel Serrano afrontaba las escaleras hasta su cuarto piso sin ascensor. Cada peldaño le separaba del mundo y muchos días no tenía fuerzas para bajar y prefería comer pan del día anterior. Esos días miraba extrañado la placa que le había entregado el Generalísimo. -Al patriota Manuel Serrano, al que ninguna pared ni cumbre se le resiste-.