Iñaki Ochoa de Olza se quedaba para siempre en la pared sur del Annapurna hace hoy dos años. Él no era un alpinista más. No era un coleccionista de cumbres, ni un charlatán de aventuras. le molestaba que le considerasen un héroe y nunca hizo ostentación de su curriculum montañero. Subía hasta donde podía y se daba la vuelta cuando creía que había que hacerlo. Su visión del monte estaba muy lejos de las carreras y las competiciones, de los asedios y las marcas. Podriamos decir que murió donde él quiso, pero le gustaba tanto la vida que seguro que no estaría de acuerdo. Era pura montaña.

Las montañas de todo el mundo deben estar mirando hacia sus faldas entre enfadadas y divertidas el espectáculo que las recorre. Carreras y competiciones por ser la primera mujer en alcanzar las 14 cumbres de 8000 metros. Padres que intentan que su niño de 13 años sea el más joven en  llegar al Everest. Miles de botellas de oxígeno abandonadas cuando ya sólo eran botellas. Programas de televisión que dan la opción a novatos en las montañas de comprar ilusiones que nunca han sido suyas. Héroes. Gloria. Ataques a cumbre. Victorias. Derrotas. Palabras que nunca pertenecieron al montañismo.

Colección Iñaki Ochoa de Olza

En todo este jaleo alpinístico en el que comienzan a participar grandes empresas y medios de comunicación, en el que se convierten las paredes en simples estadios de competición, es cuando la forma de acercarse a la montaña que tenía Iñaki recupera toda su importancia y valor. La pasión y grandeza que sentimos de niños en nuestro primer acercamiento a la montaña es la que mantuvo el alpinista pamplonés en todas sus expediciones, con los ojos bien abiertos, disfrutando de las luces del atardecer, de cada cumbre como si fuera la primera. Para él fue el monte Lakartxela en el valle de Belagua, para otros el Yelmo en la Pedriza, o el Txindoki en la sierra de Aralar, o el monte más cercano a nuestro pueblo, o aquel campamento en el que nos perdimos, o aquella excursión que terminó en el cuartelillo. Porque realmente esas sensaciones de aventura, de libertad, de descubrimiento y de sorpresa son las que siempre han caracterizado al montañismo, en contra de marcas, rivalidades y medallas que reinan en los deportes de competición.

Porque Iñaki sabía que la libertad que él amaba y buscaba a través de las montañas no se encontraba en ser el primero en llegar, ni en acumular menciones ni records, sino que se encontraba en las cosas cotidianas que le proporcionaba el camino. Compartir sopas de sobre en un iglú zarandeado por el viento, en un lugar donde hay la mitad de oxígeno que al nivel del mar, con un joven sherpa de la aldea de Pangboche era para Iñaki hacer montaña. Recorrer los caminos que llegaban al campo base comiendo chapatis y bebiendo chai, saludando viejos conocidos, tratando de igual a igual a todos, era para Iñaki hacer montaña. Renunciar a cumbres que le habían costado sus ahorros y sus esfuerzos de los últimos meses por ayudar a un amigo o desconocido en problemas era para Iñaki hacer montaña.

Iñaki en el memorial del Annapurna a su gran amigo Anatoli Boukreev / Coleccion Iñaki Ochoa de Olza

 Pero hasta las montañas que amaba Iñaki ya han llegado los tiempos modernos. Esos en los que no se entiende el esfuerzo si no hay un enemigo, en los que no se entiende una vida sin triunfadores y fracasados, en los que no se entiende el hacer las cosas por el sencillo y maravilloso placer de hacerlas. Así, un lugar tan puro se ha cargado de estúpidas connotaciones que suben desde el valle y arrasan las cumbres. Alpinistas que olvidan el camino y sólo piensan en la gloria. Como si esta se encontrara a 2000, 5000 o incluso 8000 metros. En un artículo escrito días antes de salir hacia la cumbre del Annapurna, de donde no regresaría, Iñaki Ochoa de Olza resumía claramente su credo en el monte: "No hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hecho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos".

 El alpinista pamplonés nunca busco el aplauso fácil del público, nunca persiguió las carreras alpinísticas, disfrutó a su manera y con los suyos de sus pequeños éxitos y regresaba año tras año al Himalaya porque sabía que aunque asumía riesgos, tampoco en la ciudad nadie le garantizaba nada. Sobre el peligro decía que éste no estaba en las montañas sino "en el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la soledad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia...".

Y así, con ese estilo independiente y esa búsqueda de la libertad y el amor en las montañas fue como se apagó su vida en la Diosa de las Cosechas un 23 de mayo de hace dos años. Una de las muchas veces que Iñaki supo que había que renunciar a la cumbre.

Mientras, estos días de mayo, filas interminables de ricos héroes trepan enganchados a sus botellas de oxígeno la ruta suroeste del Everest. Apoyados por sherpas de altura y con ropas de última tecnología, compran su sueño por un buen puñado de dólares. Buscan la gloria a 8848 metros. Atacan la cima. Triunfan y fracasan. Cómo explicarles que esas palabras no existían para Iñaki Ochoa. Cómo explicarles que ser montañero no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicarles que la grandeza no habita en lo grandote.

Artículo publicado en el Número 126 de Diagonal, del 13 al 26 de mayo de 2010