Hace 24 horas andaba perdido en mitad de un glaciar. El Mer de Glace no nos dejaba encontrar su salida entre las grietas y los continuos crujidos del hielo. Vimos caer la noche y preparamos un vivac inevitable en el que la extenuación nos permitió dormir ganando la lucha al frío. Ahora, con algún kilo menos, con las manos llenas de heridas, la cara desconchada por el sol, sueño, hambre y mal olor, tras 8 horas en coche, me encuentro rumbo a casa. Viendo atardecer por la ventanilla del avión, con las nubes por debajo, igual que nos ocurrió en el Aiguille de Argentiere, en el col de Cristaux. Con las nubes por debajo.
 
Amanecer en el Col de Cristaux. Al fondo el Mont Blanc.
 
Allí, en los Alpes, rápidamente he descubierto que hay dos tipos de montañeros. Están los buenos, los profesionales. Se les distingue rápido porque gritan a los cuatro vientos sus "hazañas" y no hablan sobre sus "fracasos". Del otro lado están los otros. Algunos se llaman Nacho. Se alegran cuando los proyectos se culminan, pero son tan felices construyendo la casa que no les importa cómo quede la chimenea.
 
Los primeros, los verdaderos, tuercen el gesto cuando el tablón de la meteo en Chamonix arroja malas noticias y corren aliviados a refugiarse a su hotel a esperar que el sol venga. Los Nachos saben que las nubes son parte de la magia, la lluvia parte del juego, asi que piensan alternativas, preparan el macuto y salen para arriba en busca del sol.
 
Esos alpinistas heroicos, desdoblan con cuidado de su armario los forros de última tecnología, sus cuerdas antiagua y antiarista (con un pequeño baño de aleación anti-miedo), los guantes con mejor puntuación en el foro www.tecniguante.com y las botas de 500 euros que les recomendó un habil vendedor de la Ribera de Curtidores. Los Nachos guardan todo dentro de una saca militar (que un día llegó a sus manos y que debió estar en los Andes en el 83 por su inscripción). Allí meten un forro polar verde muy parecido al que usan las madres para hacer Pilates, una cuerda azul que empezó siendo de 9 milímetros y la debe dar de comer porque va por los 12, un gorro que le robó a Manu Chao, unas botas de segunda o tercera mano que compró en Chamonix, una chaqueta que en lugar de repeler el agua la atrae y unos guantes rojos en los que pone Burger King y a los que muy serio llama guantes técnicos. En www.tecniguante.com no aparecen referencias.
 

 
Los auténticos exploradores cuando paran toman energihidratos, musculatrón y otros polvos mágicos que bajan la altura a las montañas y colocan escaleras a las paredes. Los Nachos comen un poco de chocolate y algún caramelo, y mientras los demás buscan el aire él lo sustituye por un poquito de humo de un cigarro de liar.
 
Los buenos, buenos, lloran en la cumbre, llaman a su parejas, sacan estampitas, rezan rosarios, piensan en las fanfarrias del recibimiento. Los Nachos miran al horizonte, buscan nuevas cumbres y proyectos, respiran profundo y tocan alguna melodía celta en su flauta dulce.
 
Asi que anden con cuidado cada vez que vayan por el monte. Es fácil distinguirlos. Esos que no tropiezan, esos que caminan recto y con las ropas impolutas, esos que pasean por el valle cuando llueve. Esos son los grandes alpinistas. Pero si ven alguno desgarbado, que tropieza, que fuma, que parece que ha escogido la ropa con los ojos cerrados. Es unos de los Nachos. Yo si tengo que escoger con quien atarme a la cuerda lo tengo claro.