A la Tortuga se sube despacio, perdiéndose aunque sea la vez número mil que subes, guiándote por su caparazón y su pequeña cabeza. Subes mirando de reojo el parking, escuchando todavía las voces del chiringuito. No es ni el sitio más espectacular, ni el más difícil, ni mucho menos el más bonito. Pero con el paso del tiempo lo hemos convertido en un sitio de recuerdo. Porque recuerdo que allí me calcé unas botas para escalarlo porque no había pies de gato de mi tamaño. Todos me quedaban pequeños. Hoy a Hector le ha pasado al contrario, todos le quedaban grandes así que con sus botas del número 28 se ha disparado hacia arriba. Ha sido alucinante verle escalar de forma tan natural, sin escuchar consejos ni leer enciclopedias de montaña. Ha escalado hacia arriba porque había una pared y le apetecía. Sin preguntarse nada, sin envolver el asunto en nada heroico, sin esperar aplausos ni golpetazos en la espalda. Para él ha sido un juego. Realmente no es otra cosa.