Mientras cenamos tranquilos en el refugio de Couvercle nos enteramos que dos cordadas se preparan para comenzar la mítica pared norte de las Grandes Jorasses. Mil doscientos metros de pared totalmente vertical, con roca, hielo, nieve. Mil doscientos metros a los que no toca la luz del sol durante todo el día. Mil doscientos metros que te hacen mirar hacia otro lado, bajar la vista y marchar a preparar té.

Miramos durante horas dos simples luces en medio de la oscuridad. Dos luces al pie de la gran pared norte. Dos luces que son cuatro personas. Dos luces que preparan té, que dudan, que rien nerviosas, que se meten en sus sacos de dormir. Dos luces que imaginamos organizando el material. Dos luces que miran la negra noche y soplan nubes que vienen del Mont Blanc. Dos luces que descuentan horas de sueño. Dos luces de las que nos sentimos cerca.

Dos luces en la pared norte de las Grandes Jorasses -5.30 de la mañana, 9 octubre 2010- 

Dos luces que cerraran los ojos durante algunas horas -aunque no conseguirán dormir casi- y se encenderan de nuevo para comenzar la escalada todavía de noche. Dos luces anónimas que sentimos amigas. Dos luces dispuestas a afrontar una de las escaladas más difíciles de los Alpes. Simplemente dos luces que significan mil cosas. Apagamos las nuestras pensando en ellas. Dos luces en una negra noche. Dos luces. Nada mas.

Nacho y Oscar con la pared norte de las Grandes Jorasses a la izquierda