Cada uno llegamos a aquella arista con mil cosas en la cabeza. Había algo de tiempo para los problemas laborales, para los conflictos con el jefe, para las dudas respecto a nuestras profesiones. También nuestras mentes pensaban en el amor, en las parejas, en los besos que no nos dieron, en los que esquivamos, en los que tenemos pendientes. Quedaban huecos para los sueños de montaña, los futuros y los inmediatos, los Andes y el día siguiente en la Aiguille de Bionnassay. Había espacio en nuestro pensamiento para cosas cotidianas, tengo algo de hambre y debería comer, este crampon está algo flojo, cuando vuelva tengo que comprarme una chupa porque esta atrae el frío. También tarareábamos canciones para acompañar nuestros pasos y volé tan deprisa que hasta mi propia sombra de vista me perdió. Seguíamos con la mirada el vuelo de un par de chovas despistadas que nos acompañaban a no se sabe muy bien dónde. Se escuchaban algunas palabras de ánimo, algún chiste suelto, alguna broma en galego, alguna palabra en catalá, algún intento de francés.

Domes de Miage

 

De repente se hizo el silencio. Desaparecieron las huellas y nos encontramos ante una arista blanca y algo mareante. No tenía nada que ver con las descripciones que teníamos de ella. Amable y estética habíamos leido. Nos acordamos varias veces del escritor. El estado de la nieve era pésimo y no teníamos mucha más elección que continuar. Fueron dos extrañas horas. Nuestras mentes desconectaron del mundo. Nos movíamos entre dos vacíos a los que intentábamos no prestar atención y un aire helado nos hacía temblar en cada descanso. El silencio entre nosotros era absoluto. No nos dirigíamos palabra. Pero tampoco tarareábamos canciones, ni pensábamos en amores, familias o trabajos. No se nos pasaba por la cabeza comer algo o tener sed. No admirábamos un increible paisaje presidido por el Mont Blanc. Piolet. Piolet. Crampón. Crampón. Piolet. Piolet. Crampón. Crampón. El resto silencio.

Cuando salimos de la parte mas complicada hubo risas y cigarros. Volvimos a tener hambre y sed. Nos sentamos mirando hacia atrás y rellenamos con tonterías las dos horas anteriores de silencio. Descubrimos el sitio tan espectacular en el que estábamos. Nos reimos de nuestro anterior silencio. Alguien lo resumió: -no sé si habeis mirado para abajo ¡pero menuda ostia había!-.