Y todo se acaba en la cuarta feria
Haciendo esfuerzos por convertirme en montaña
Cuando aprieta el frío algunos nos ponemos contentos. Cuando vemos caer nieve, cuando en nuestra casa hace más frío que en un refugio de montaña y cuando los telediarios recomiendan no coger el coche nosotros cogemos los trastos. Nos vamos a Els Encantats, unas montañas del pirineo catalán que se formaron porque dos cazadores prefirieron ir a por un rebeco que asistir a misa en el pueblo de Espot. Y claro, el castigo divino no se hizo esperar y les dejó convertidos en roca.
Nosotros comenzamos cayendo. Pero dos veces, en honor a cada cazador. Dos ostias que nos despiertan como un buen café y nos empujan hacia arriba. El reloj marca -13 grados a las 11 de la mañana y para tranquilizarnos lo damos por roto. Mi barba se llena de hielo y el aire, como si no quisiera que estuvieramos allí, nos lanza la nieve a la cara y nos zarandea de un lado a otro. Nos da un respiro cada cierto tiempo, pero cuando nos confiamos regresa con peor genio. Cuando estamos a 100 metros de la cumbre y con lo más difícil caminado nos cansamos de la batalla. No tiene sentido subir hasta donde no nos apetece. Estamos felices aquí y los cazadores sabiéndose vencedores dejan de soplar. Comenzamos el fácil descenso y lo convertimos en difícil. Es una habilidad que hemos adquirido con el tiempo. Tres pinos colocados cada 30 metros y cada vez más delgados nos sacan de allí. Yo sigo esforzándome cada día en no ir a misa, a ver si tengo la misma suerte de convertirme en montaña.
Fue en el Pájaro hace algo mas de un año donde desperté de un golpe. Donde mientras soñábamos con Cervinos y otras montañas me encontré colgado de una cuerda y con el tobillo duplicado. Había que volver y lo hicimos. Pero había que subir por donde sabíamos, no intentar escondernos. Tenía tomada la decisión desde antes de escalar, sabía que largos quería hacer y la noche antes me sudaban las manos cada vez que lo pensaba. Porque la vía es sencilla pero con un grado de exposición muy alto. Simplemente escalar algo que sabemos pero con el punto mental de saber que aquí no podemos equivocarnos. Un largo muy largo donde la cuerda sólo la llevas de paseo, porque no puedes asegurarte en ningún lado.
Llevaba dos días pensando en el momento en el que me encontraba ahora. Me separo de mis compañeros y el silencio de siempre se instala. Por delante 40 metros de escalada sin ninguna protección. Empiezo sin pensar mucho lo que voy a hacer. Voy seguro, avanzando metro a metro y concentrado como nunca antes había estado. Me muevo ligero, el lujo de parar puede ser una puerta de entrada al miedo. A mitad de camino un pie se me escurre. Sólo dudo centímetros que saben a kilómetros. Por mi cabeza pasa volando la extraña idea de dejarme caer. Para qué volver a colocar el pie en su sitio. Para qué buscar un lugar donde equilibrarme. Si estoy sufriendo mejor volar. Lo pienso igual que pienso en lanzarme a las vías del tren cada vez que veo llegar la locomotora. Me doy pánico a mi mismo por haber valorado la opción de caer voluntariamente casi 30 metros. No entiendo por qué he pensado así. Todo pasa en un sólo segundo. Reacciono y coloco el pie de nuevo. Me tiembla todo el cuerpo y el miedo que había esquivado me zarandea ahora. Huyo hacia arriba de ese extraño pensamiento suicida.
Cuando termino el largo y me aseguro a la pared estoy lleno de miedo. Tengo la boca y la garganta muy secas, el cuerpo empapado en sudor y las manos y piernas temblorosas. Grito a Nacho y Mario pero no me escuchan. Me da igual. Yo estoy aferrado a un extraño árbol que crece en mitad de una fisura y que no es mas grueso que mi brazo, aunque ahora mismo es la seguridad absoluta. Estoy feliz y muy asustado. He pensado en dejarme caer. Qué cosa mas rara. Por mi parte no vuelvo a hacer esta vía. La primera vez me destrocé el tobillo. La segunda me ha despertado una sensación desconocida. El Pájaro y yo estamos en paz. Una y no más.
Silencio en la arista (Domes de Miage)
Cada uno llegamos a aquella arista con mil cosas en la cabeza. Había algo de tiempo para los problemas laborales, para los conflictos con el jefe, para las dudas respecto a nuestras profesiones. También nuestras mentes pensaban en el amor, en las parejas, en los besos que no nos dieron, en los que esquivamos, en los que tenemos pendientes. Quedaban huecos para los sueños de montaña, los futuros y los inmediatos, los Andes y el día siguiente en la Aiguille de Bionnassay. Había espacio en nuestro pensamiento para cosas cotidianas, tengo algo de hambre y debería comer, este crampon está algo flojo, cuando vuelva tengo que comprarme una chupa porque esta atrae el frío. También tarareábamos canciones para acompañar nuestros pasos y volé tan deprisa que hasta mi propia sombra de vista me perdió. Seguíamos con la mirada el vuelo de un par de chovas despistadas que nos acompañaban a no se sabe muy bien dónde. Se escuchaban algunas palabras de ánimo, algún chiste suelto, alguna broma en galego, alguna palabra en catalá, algún intento de francés.
De repente se hizo el silencio. Desaparecieron las huellas y nos encontramos ante una arista blanca y algo mareante. No tenía nada que ver con las descripciones que teníamos de ella. Amable y estética habíamos leido. Nos acordamos varias veces del escritor. El estado de la nieve era pésimo y no teníamos mucha más elección que continuar. Fueron dos extrañas horas. Nuestras mentes desconectaron del mundo. Nos movíamos entre dos vacíos a los que intentábamos no prestar atención y un aire helado nos hacía temblar en cada descanso. El silencio entre nosotros era absoluto. No nos dirigíamos palabra. Pero tampoco tarareábamos canciones, ni pensábamos en amores, familias o trabajos. No se nos pasaba por la cabeza comer algo o tener sed. No admirábamos un increible paisaje presidido por el Mont Blanc. Piolet. Piolet. Crampón. Crampón. Piolet. Piolet. Crampón. Crampón. El resto silencio.
Cuando salimos de la parte mas complicada hubo risas y cigarros. Volvimos a tener hambre y sed. Nos sentamos mirando hacia atrás y rellenamos con tonterías las dos horas anteriores de silencio. Descubrimos el sitio tan espectacular en el que estábamos. Nos reimos de nuestro anterior silencio. Alguien lo resumió: -no sé si habeis mirado para abajo ¡pero menuda ostia había!-.
Dos luces en las Grandes Jorasses
Mientras cenamos tranquilos en el refugio de Couvercle nos enteramos que dos cordadas se preparan para comenzar la mítica pared norte de las Grandes Jorasses. Mil doscientos metros de pared totalmente vertical, con roca, hielo, nieve. Mil doscientos metros a los que no toca la luz del sol durante todo el día. Mil doscientos metros que te hacen mirar hacia otro lado, bajar la vista y marchar a preparar té.
Miramos durante horas dos simples luces en medio de la oscuridad. Dos luces al pie de la gran pared norte. Dos luces que son cuatro personas. Dos luces que preparan té, que dudan, que rien nerviosas, que se meten en sus sacos de dormir. Dos luces que imaginamos organizando el material. Dos luces que miran la negra noche y soplan nubes que vienen del Mont Blanc. Dos luces que descuentan horas de sueño. Dos luces de las que nos sentimos cerca.
Dos luces en la pared norte de las Grandes Jorasses -5.30 de la mañana, 9 octubre 2010-
Dos luces que cerraran los ojos durante algunas horas -aunque no conseguirán dormir casi- y se encenderan de nuevo para comenzar la escalada todavía de noche. Dos luces anónimas que sentimos amigas. Dos luces dispuestas a afrontar una de las escaladas más difíciles de los Alpes. Simplemente dos luces que significan mil cosas. Apagamos las nuestras pensando en ellas. Dos luces en una negra noche. Dos luces. Nada mas.




