[ Montañas ] 30 Agosto, 2010 00:08
A la Tortuga se sube despacio, perdiéndose aunque sea la vez número mil que subes, guiándote por su caparazón y su pequeña cabeza. Subes mirando de reojo el parking, escuchando todavía las voces del chiringuito. No es ni el sitio más espectacular, ni el más difícil, ni mucho menos el más bonito. Pero con el paso del tiempo lo hemos convertido en un sitio de recuerdo. Porque recuerdo que allí me calcé unas botas para escalarlo porque no había pies de gato de mi tamaño. Todos me quedaban pequeños. Hoy a Hector le ha pasado al contrario, todos le quedaban grandes así que con sus botas del número 28 se ha disparado hacia arriba. Ha sido alucinante verle escalar de forma tan natural, sin escuchar consejos ni leer enciclopedias de montaña. Ha escalado hacia arriba porque había una pared y le apetecía. Sin preguntarse nada, sin envolver el asunto en nada heroico, sin esperar aplausos ni golpetazos en la espalda. Para él ha sido un juego. Realmente no es otra cosa.
 
 
[ Montañas ] 06 Julio, 2010 18:52
Nos despertamos a la estúpida hora de las dos de la mañana. Tenemos que desayunar algo aunque tengamos la sensación de que alguien nos aprieta el cuello para no tragar. Fuera hay un silencio terrible. Mientras me pongo los crampones pienso en gente que quiero. Unos duermen y otros están de fiesta. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para tomar un té con galletas, ponerse unos pinchos en los pies y una luz en la cabeza. Salimos sobre las tres del refugio y pienso que vamos tarde. Hay que joderse. Caminamos guiados por nuestros pies y abandonados por nuestros ojos. La nieve esta dura como el asfalto y en el cielo deben estar practicamente todas las estrellas que existen.
 

 
Ayer dejamos nuestras propias miguitas de pan en el camino, en forma de huellas sobre la nieve, asi que sólo tenemos que seguirlas en la oscuridad para colocarnos al pie de la escalada. Son las 5 de la mañana y apagamos nuestras luces. El aire está frío y veo todo azulado, escuchamos como cruje el hielo y las rocas. Pienso en los que quiero. Los que estaban de fiesta deben estar casi acostándose o intentado dar los últimos besos, en el último bar, con la última copa. Los que duermen se despiertan a beber agua y se quedan casi dormidos mientras llenan el vaso. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para buscar un pequeño puente de nieve helada por donde superar una gran grieta que da acceso a la pared de nieve.
 

 
Durante toda la subida parece que la noche duda abandonarnos y el sol duda salir. La sombra cada vez ocupa menos parte de la pared y damos la bienvenida al sol, aún sabiendo que aquí su calor nos puede traer muchos problemas. Cuando llegamos a la cumbre sobre las 8.30 el día ha ganado totalmente la partida. Todavía alguna estrella tintinea en el cielo. La luz es maravillosa para observar las montañas, para ver por donde hemos llegado y hacia donde debemos irnos. Nuestras sombras gigantes se proyectan sobre la ladera de la montaña. Pienso en los que quiero. Los que dormían empiezan a funcionar. Hacen zumos de naranja, se suben al metro compartiendo cuerpo con otros, cuelgan el abrigo en la percha de su aula, esquivan coches con sus motos... Los que estaban de fiesta duermen. Excepto alguno que consiguió ese último beso, en ese último bar, con esa última copa. 
 
 
 
 
[ Montañas ] 29 Junio, 2010 18:01
Hace 24 horas andaba perdido en mitad de un glaciar. El Mer de Glace no nos dejaba encontrar su salida entre las grietas y los continuos crujidos del hielo. Vimos caer la noche y preparamos un vivac inevitable en el que la extenuación nos permitió dormir ganando la lucha al frío. Ahora, con algún kilo menos, con las manos llenas de heridas, la cara desconchada por el sol, sueño, hambre y mal olor, tras 8 horas en coche, me encuentro rumbo a casa. Viendo atardecer por la ventanilla del avión, con las nubes por debajo, igual que nos ocurrió en el Aiguille de Argentiere, en el col de Cristaux. Con las nubes por debajo.
 
Amanecer en el Col de Cristaux. Al fondo el Mont Blanc.
 
Allí, en los Alpes, rápidamente he descubierto que hay dos tipos de montañeros. Están los buenos, los profesionales. Se les distingue rápido porque gritan a los cuatro vientos sus "hazañas" y no hablan sobre sus "fracasos". Del otro lado están los otros. Algunos se llaman Nacho. Se alegran cuando los proyectos se culminan, pero son tan felices construyendo la casa que no les importa cómo quede la chimenea.
 
Los primeros, los verdaderos, tuercen el gesto cuando el tablón de la meteo en Chamonix arroja malas noticias y corren aliviados a refugiarse a su hotel a esperar que el sol venga. Los Nachos saben que las nubes son parte de la magia, la lluvia parte del juego, asi que piensan alternativas, preparan el macuto y salen para arriba en busca del sol.
 
Esos alpinistas heroicos, desdoblan con cuidado de su armario los forros de última tecnología, sus cuerdas antiagua y antiarista (con un pequeño baño de aleación anti-miedo), los guantes con mejor puntuación en el foro www.tecniguante.com y las botas de 500 euros que les recomendó un habil vendedor de la Ribera de Curtidores. Los Nachos guardan todo dentro de una saca militar (que un día llegó a sus manos y que debió estar en los Andes en el 83 por su inscripción). Allí meten un forro polar verde muy parecido al que usan las madres para hacer Pilates, una cuerda azul que empezó siendo de 9 milímetros y la debe dar de comer porque va por los 12, un gorro que le robó a Manu Chao, unas botas de segunda o tercera mano que compró en Chamonix, una chaqueta que en lugar de repeler el agua la atrae y unos guantes rojos en los que pone Burger King y a los que muy serio llama guantes técnicos. En www.tecniguante.com no aparecen referencias.
 

 
Los auténticos exploradores cuando paran toman energihidratos, musculatrón y otros polvos mágicos que bajan la altura a las montañas y colocan escaleras a las paredes. Los Nachos comen un poco de chocolate y algún caramelo, y mientras los demás buscan el aire él lo sustituye por un poquito de humo de un cigarro de liar.
 
Los buenos, buenos, lloran en la cumbre, llaman a su parejas, sacan estampitas, rezan rosarios, piensan en las fanfarrias del recibimiento. Los Nachos miran al horizonte, buscan nuevas cumbres y proyectos, respiran profundo y tocan alguna melodía celta en su flauta dulce.
 
Asi que anden con cuidado cada vez que vayan por el monte. Es fácil distinguirlos. Esos que no tropiezan, esos que caminan recto y con las ropas impolutas, esos que pasean por el valle cuando llueve. Esos son los grandes alpinistas. Pero si ven alguno desgarbado, que tropieza, que fuma, que parece que ha escogido la ropa con los ojos cerrados. Es unos de los Nachos. Yo si tengo que escoger con quien atarme a la cuerda lo tengo claro.
 
[ Montañas ] 08 Junio, 2010 23:15
Nos vamos otra vez a los Alpes. En pocos días regresaran los momentos de arropar con el silencio al compañero, cuando ya no sean necesarias las palabras, cuando éstas de hecho sobren y simplemente necesite una mirada atenta y dos manos que aseguren su cuerda. Cuando comencemos a escalar ganándole horas al día,  horas antes del amanecer, cuando casi todo esté dormido y callado, roto por nuestra agitada respiración y nuestro soniquete de crampones y piolets.
Miraremos de reojo al vacío que queda bajo nosotros. Miradas rápidas no vaya a ser que vayamos detrás de nuestros ojos. Mejor miramos hacia arriba. Miedo de donde venimos y miedo a donde vamos. Poco a poco iremos marchando hacia el sol. Nacemos de entre la noche. Nunca estamos tan seguros de lo que hacemos, como cuando aún con cansancio extremo,frío, sed y un nudo doble de miedo en el estómago, seguimos con ganas de continuar y no perdemos el aliento.
 
Arista de Rochefort
La funambulista arista de Rochefort

  Ya casi no sueño sueños. Las chicas que no me quieren tampoco lo hacen en los sueños. Los problemas no se esfuman en los sueños. Ya no conduzco sin carnet en los sueños. Hasta he dejado de saltar por las ventanas de los sueños porque ya no vuelo. Mis sueños y mi realidad se parecen mucho ultimamente, pero no me entristece porque creo que fueron los sueños los que impusieron sus condiciones.
Estoy en la cumbre del Yelmo al amanecer. Lo he subido casi dormido, como cuando te levantas a beber agua por la noche, mezclando el olor a lavanda con mis bostezos. He subido una vía fácil, sólo, sin cuerda. He subido muy rápido, como en esos sueños que todo va acelerado, las manos y los pies encontraban su sitio sin buscarlo. Seguramente de pequeño tuve pesadillas del estilo, una pared gigante, sólo se puede subir, no hay cuerda, no hay gente... Subir, mirar abajo, no escuchar nada, no llevar nada de material, subir sin pensar. ¿un mal sueño?
Lo normal es decir que hay que tener sueños. Pero la verdad es que lo normal sería decir que hay que realizar sueños. O mejor aún, que hay que tener realidades. En la cumbre veo amanecer y bajo casi a la carrera hasta la furgo cuando la gente todavía duerme. Me tumbo y vuelvo a quedarme dormido. Cuando me despierto me duelen las piernas de tanto soñar. Vamonos a los Alpes.
 
Arista final al Aiguille Verte (4122 m)
Arista final a la espectacular Aiguille Verte
 
[ Montañas ] 23 Mayo, 2010 00:03

Iñaki Ochoa de Olza se quedaba para siempre en la pared sur del Annapurna hace hoy dos años. Él no era un alpinista más. No era un coleccionista de cumbres, ni un charlatán de aventuras. le molestaba que le considerasen un héroe y nunca hizo ostentación de su curriculum montañero. Subía hasta donde podía y se daba la vuelta cuando creía que había que hacerlo. Su visión del monte estaba muy lejos de las carreras y las competiciones, de los asedios y las marcas. Podriamos decir que murió donde él quiso, pero le gustaba tanto la vida que seguro que no estaría de acuerdo. Era pura montaña.

Las montañas de todo el mundo deben estar mirando hacia sus faldas entre enfadadas y divertidas el espectáculo que las recorre. Carreras y competiciones por ser la primera mujer en alcanzar las 14 cumbres de 8000 metros. Padres que intentan que su niño de 13 años sea el más joven en  llegar al Everest. Miles de botellas de oxígeno abandonadas cuando ya sólo eran botellas. Programas de televisión que dan la opción a novatos en las montañas de comprar ilusiones que nunca han sido suyas. Héroes. Gloria. Ataques a cumbre. Victorias. Derrotas. Palabras que nunca pertenecieron al montañismo.

Colección Iñaki Ochoa de Olza

En todo este jaleo alpinístico en el que comienzan a participar grandes empresas y medios de comunicación, en el que se convierten las paredes en simples estadios de competición, es cuando la forma de acercarse a la montaña que tenía Iñaki recupera toda su importancia y valor. La pasión y grandeza que sentimos de niños en nuestro primer acercamiento a la montaña es la que mantuvo el alpinista pamplonés en todas sus expediciones, con los ojos bien abiertos, disfrutando de las luces del atardecer, de cada cumbre como si fuera la primera. Para él fue el monte Lakartxela en el valle de Belagua, para otros el Yelmo en la Pedriza, o el Txindoki en la sierra de Aralar, o el monte más cercano a nuestro pueblo, o aquel campamento en el que nos perdimos, o aquella excursión que terminó en el cuartelillo. Porque realmente esas sensaciones de aventura, de libertad, de descubrimiento y de sorpresa son las que siempre han caracterizado al montañismo, en contra de marcas, rivalidades y medallas que reinan en los deportes de competición.

Porque Iñaki sabía que la libertad que él amaba y buscaba a través de las montañas no se encontraba en ser el primero en llegar, ni en acumular menciones ni records, sino que se encontraba en las cosas cotidianas que le proporcionaba el camino. Compartir sopas de sobre en un iglú zarandeado por el viento, en un lugar donde hay la mitad de oxígeno que al nivel del mar, con un joven sherpa de la aldea de Pangboche era para Iñaki hacer montaña. Recorrer los caminos que llegaban al campo base comiendo chapatis y bebiendo chai, saludando viejos conocidos, tratando de igual a igual a todos, era para Iñaki hacer montaña. Renunciar a cumbres que le habían costado sus ahorros y sus esfuerzos de los últimos meses por ayudar a un amigo o desconocido en problemas era para Iñaki hacer montaña.

Iñaki en el memorial del Annapurna a su gran amigo Anatoli Boukreev / Coleccion Iñaki Ochoa de Olza

 Pero hasta las montañas que amaba Iñaki ya han llegado los tiempos modernos. Esos en los que no se entiende el esfuerzo si no hay un enemigo, en los que no se entiende una vida sin triunfadores y fracasados, en los que no se entiende el hacer las cosas por el sencillo y maravilloso placer de hacerlas. Así, un lugar tan puro se ha cargado de estúpidas connotaciones que suben desde el valle y arrasan las cumbres. Alpinistas que olvidan el camino y sólo piensan en la gloria. Como si esta se encontrara a 2000, 5000 o incluso 8000 metros. En un artículo escrito días antes de salir hacia la cumbre del Annapurna, de donde no regresaría, Iñaki Ochoa de Olza resumía claramente su credo en el monte: "No hagan mucho caso cuando lean por ahí que pensamos atacar la cima, ya que aquella no nos ha hecho nada, ni tampoco es nuestra intención conquistarla; a lo sumo podremos convivir en paz durante unos cortos minutos, y después continuar nuestro camino agradecidos".

 El alpinista pamplonés nunca busco el aplauso fácil del público, nunca persiguió las carreras alpinísticas, disfrutó a su manera y con los suyos de sus pequeños éxitos y regresaba año tras año al Himalaya porque sabía que aunque asumía riesgos, tampoco en la ciudad nadie le garantizaba nada. Sobre el peligro decía que éste no estaba en las montañas sino "en el colesterol, el hastío, los centros comerciales, la violencia, la soledad no elegida, nuestra clase política, los cánones de belleza aceptados, la burocracia...".

Y así, con ese estilo independiente y esa búsqueda de la libertad y el amor en las montañas fue como se apagó su vida en la Diosa de las Cosechas un 23 de mayo de hace dos años. Una de las muchas veces que Iñaki supo que había que renunciar a la cumbre.

Mientras, estos días de mayo, filas interminables de ricos héroes trepan enganchados a sus botellas de oxígeno la ruta suroeste del Everest. Apoyados por sherpas de altura y con ropas de última tecnología, compran su sueño por un buen puñado de dólares. Buscan la gloria a 8848 metros. Atacan la cima. Triunfan y fracasan. Cómo explicarles que esas palabras no existían para Iñaki Ochoa. Cómo explicarles que ser montañero no es llegar hasta la cumbre. Cómo explicarles que la grandeza no habita en lo grandote.

Artículo publicado en el Número 126 de Diagonal, del 13 al 26 de mayo de 2010

[ Montañas ] 05 Mayo, 2010 16:52
Sentir pinchazos en las piernas. Esta pedalada tiene que ser la última. Intentar llegar hasta ese palo. No mejor hasta aquella piedra. Que lejos esta esa piedra. Es que no se acerca. Venga que llego, dos pedaladas mas. Las piernas me pinchan ya demasiado. Ya no ando. Venga mejor hasta el palo. Esta un poco mas lejos, pero mejor hasta el palo. La piedra está demasiado cerca y así no llego nunca. Si llego al palo quizás pueda permitirme descansar un poco. Mira la piedra, si me hubiera quedado con ella ya estaría descansando. Pero escogí el palo, queda mas lejos. Joder, tenía que haber escogido la piedra, pero ya no voy a dar la vuelta. Sería estúpido. Si doy pedales es para ir hacia delante, no para buscar sitios para descansar. Es para llegar a montañas, prados verdes o simplemente palos. Como me duelen las piernas. También parece que el hombro me tira un poco desde hace rato. Ya está cerca el palo. Venga, deben ser 20 pedaladas. Quizás 30. Si 30. Porque en 20 llego al charco, pero allí es imposible. Si he dicho el palo es el palo. No puedo cambiar de pensamiento a cada momento. Anda que nube más bonita. Mejor concentrarme. Venga, ahora si deben ser 20 pedaladas. Las piernas me van a reventar. Y este maldito sonido de la cadena. Cuando me pare tengo que mirarlo porque me está volviendo loco. Mira el charco. Vamos que llego. Venga. Joder las piernas como me pinchan. Tengo un cordón desatado. Este ruido es insoportable. No puedo mas. Venga 5 pedaladas. El palo. Este ruido. El hombro me duele casi mas que las piernas. El palo. El cordón. El ruido. Mis piernas. El hombro. El palo.
 
Y luego un prado verde. Una noche perfecta. Una luna llenísima. Un poco de queso. Dos días después descendemos libres hasta el principio. En la carretera entre Sotres y Poncebos solo hay que dejarse llevar. No hay que dar pedales. El orbayu contra la cara y un agradable olor a humedad despide el camino. Sólo nos tenemos que dejar llevar.
 
 



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