[ Montañas ] 30 Agosto, 2010 00:08
A la Tortuga se sube despacio, perdiéndose aunque sea la vez número mil que subes, guiándote por su caparazón y su pequeña cabeza. Subes mirando de reojo el parking, escuchando todavía las voces del chiringuito. No es ni el sitio más espectacular, ni el más difícil, ni mucho menos el más bonito. Pero con el paso del tiempo lo hemos convertido en un sitio de recuerdo. Porque recuerdo que allí me calcé unas botas para escalarlo porque no había pies de gato de mi tamaño. Todos me quedaban pequeños. Hoy a Hector le ha pasado al contrario, todos le quedaban grandes así que con sus botas del número 28 se ha disparado hacia arriba. Ha sido alucinante verle escalar de forma tan natural, sin escuchar consejos ni leer enciclopedias de montaña. Ha escalado hacia arriba porque había una pared y le apetecía. Sin preguntarse nada, sin envolver el asunto en nada heroico, sin esperar aplausos ni golpetazos en la espalda. Para él ha sido un juego. Realmente no es otra cosa.
 
 
[ Miradas ] 10 Agosto, 2010 16:59
Es sólo un futbolista derrotado pero su rostro es de tristeza infinita. Dentro de un instante todo habrá pasado y simplemente habrá sido un partido perdido. Pero antes de eso está la amargura total. Ese pequeño instante en el que los beatos blasfeman y los ateos rezan rosarios. Ese momento único de desolación con el que alguna vez nos encontramos todos. Pueden ser muertes, corazones rotos, olvidos o abandonos. O simplemente pueden ser partidos de fútbol. Porque la tristeza es un muro entre dos jardines. Sólo cambia la cantidad de ladrillos.
 
Muniain es consolado tras la derrota en la final del europeo sub-19
 
[ Ciudades ] 27 Julio, 2010 00:59
Tenía que hacer una fotografía de la Gran Vía de noche. Era domingo. Había que usar el trípode, captar el movimiento, las luces, la velocidad, el ajetreo de una noche de verano en chancletas, de la ciudad llena de vida. Ese era el encargo. Cuando ya volvía hacia mi moto les encontré abrazados. Gritos de borrachos ingleses caían a su alrededor como bombas asediándolos. Coches a toda velocidad aprovechaban el escaso tráfico y provocaban un ligero aire que movía sus ropas. Estaban tan quietos y tan abrazados que pude poner el trípode y hacer una exposición larga. Fue un abrazo eterno. De domingo por la noche.
 

[ Miradas ] 18 Julio, 2010 12:13

El Tour de Francia siempre sabe a sandía. Siempre huele a aftersun. Niños sin camiseta, señoras en bañador, cafés con hielo y helados de nata. Esa televisión que a veces está nublada, llena de interferencias de tormenta y problemas con el helicóptero de la señal. Comentarios sobre los tramposos italianos, sobre los escaladores colombianos, los rodadores centroeuropeos, los fracasos franceses, las sorpresas españolas. Alguien se queda un poquito dormido.

El Tour no se puede ver en un pueblo de Texas a las 9 de la mañana. El Tour se ve después de comer en una piscina pública. Desde allí en 1989 y entre olores a crema solar y a expectación mucha gente se agolpa ante la televisión. Un segoviano llamado Perico es favorito y eso para la gente de la piscina ya es ser mucho. Es el prólogo y Perico no aparece. La gente come algún helado y empieza a rumorear que este chico está loco. Que no quiere volver a ganar el tour y que no se presenta. Llega casi tres minutos tarde a la salida y gusta. Los piscineros disfrutan a lo grande durante las siguientes etapas de montaña atacando a Lemond y Fignon. A la gente de repente le gusta el Tour, todos prefieren llegar tarde a los sitios y si hay que atacar a un yanqui y un francés la cosa es divertida. Después un chapuzón.


Luego llegó Induraín y se sintió la victoria como condena, la falta de alegría, la conversión de esta aventura ciclista en un monólogo propio de otros deportes. Muchos vivieron aquellos años en una gran playa de Salou, viendo ganar constantemente a Indurain en un chiringuito. Aburridos, desconcertados, empachados de alegría. Tristes por Chiappucci, que era más de los suyos. Así que todo el chiringuito celebra a su manera aquel 6 de julio de 1996 en el que Indurain se hunde en Les Arcs (Alpes) y Hautacam (Pirineos). Un Tour organizado para él y quizás para nosotros, con paso incluido por la puerta de su casa en Villava, por donde han pasado casi ocho minutos antes el resto de los corredores. La siesta interrumpida minutos antes de la linea de meta.

Y es que los 12 años en los que Indurain y Amstrong impusieron su aburrimiento el Tour de Francia se convirtió en una carrera vulgar. Pero existió 1998. Un año mágico entre esas dos etapas oscuras. Los niños del camping de La Garrucha disfrutaron con un frigopié en la mano de un espectáculo en el puerto de Galibier. Chava Jiménez y Marco Pantani devolvían las sonrisas. Emocionantes verles levantarse del sillín sin mirar atrás. Emocionante recuperar la aventura del ciclismo. Emocionante ver que todavía la gente se podía divertir después de comer. Fue un verano feliz y libre, con ataques al presente con desenfreno. Corriendo demasiado como hacían ellos. No es raro seguir viendo pintadas sobre el asfalto, de esas con brocha y pintura blanca, de esas que simplemente dicen "tu sei sempre nel nostro cuore". Fue un año sin siesta.

 
El aburrimiento regresó con las siete victorias consecutivas de Amstrong, que acabó por destrozar los lugares comunes del ciclismo. Nadie se acerca a ver las televisiones. simplemente se pregunta si ha vuelto a ganar. Si hay algún positivo. Si de nuevo el ciclismo se ha convertido en un asunto burocrático. Se reparten etapas. Se juega con las ruedas marcadas. Todo el mundo se echa la siesta. 

 Nos despertamos sobresaltados. Contador, los hermanos Schleck, Evans... Llega la alegría en la bicicleta, las sonrisas en la gente y con ello todos los demás sabores y olores del verano. En un camping de Pirineos a los pies del Monte Perdido la gente se reúne en torno a una televisión que ahora es plana. Contador lanza un ataque a su compañero de equipo Amstrong en Verbier, en los alpes suizos. El americano esta vez no puede. Por fin se rompe el verano. Por fin se vuelve a ver el Tour en las piscinas públicas, en los chiringuitos, en los campings. Las siestas pueden esperar. Un niño junto a su padre observa el alegre pedaleo de Contador. En sus manos sostiene una raja de sandía a medio comer. 

Artículo publicado en el número 130 de Diagonal, del 8 al 21 julio de 2010

[ Montañas ] 06 Julio, 2010 18:52
Nos despertamos a la estúpida hora de las dos de la mañana. Tenemos que desayunar algo aunque tengamos la sensación de que alguien nos aprieta el cuello para no tragar. Fuera hay un silencio terrible. Mientras me pongo los crampones pienso en gente que quiero. Unos duermen y otros están de fiesta. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para tomar un té con galletas, ponerse unos pinchos en los pies y una luz en la cabeza. Salimos sobre las tres del refugio y pienso que vamos tarde. Hay que joderse. Caminamos guiados por nuestros pies y abandonados por nuestros ojos. La nieve esta dura como el asfalto y en el cielo deben estar practicamente todas las estrellas que existen.
 

 
Ayer dejamos nuestras propias miguitas de pan en el camino, en forma de huellas sobre la nieve, asi que sólo tenemos que seguirlas en la oscuridad para colocarnos al pie de la escalada. Son las 5 de la mañana y apagamos nuestras luces. El aire está frío y veo todo azulado, escuchamos como cruje el hielo y las rocas. Pienso en los que quiero. Los que estaban de fiesta deben estar casi acostándose o intentado dar los últimos besos, en el último bar, con la última copa. Los que duermen se despiertan a beber agua y se quedan casi dormidos mientras llenan el vaso. La verdad es que no es hora para otra cosa, y menos para buscar un pequeño puente de nieve helada por donde superar una gran grieta que da acceso a la pared de nieve.
 

 
Durante toda la subida parece que la noche duda abandonarnos y el sol duda salir. La sombra cada vez ocupa menos parte de la pared y damos la bienvenida al sol, aún sabiendo que aquí su calor nos puede traer muchos problemas. Cuando llegamos a la cumbre sobre las 8.30 el día ha ganado totalmente la partida. Todavía alguna estrella tintinea en el cielo. La luz es maravillosa para observar las montañas, para ver por donde hemos llegado y hacia donde debemos irnos. Nuestras sombras gigantes se proyectan sobre la ladera de la montaña. Pienso en los que quiero. Los que dormían empiezan a funcionar. Hacen zumos de naranja, se suben al metro compartiendo cuerpo con otros, cuelgan el abrigo en la percha de su aula, esquivan coches con sus motos... Los que estaban de fiesta duermen. Excepto alguno que consiguió ese último beso, en ese último bar, con esa última copa. 
 
 
 
 
[ Montañas ] 29 Junio, 2010 18:01
Hace 24 horas andaba perdido en mitad de un glaciar. El Mer de Glace no nos dejaba encontrar su salida entre las grietas y los continuos crujidos del hielo. Vimos caer la noche y preparamos un vivac inevitable en el que la extenuación nos permitió dormir ganando la lucha al frío. Ahora, con algún kilo menos, con las manos llenas de heridas, la cara desconchada por el sol, sueño, hambre y mal olor, tras 8 horas en coche, me encuentro rumbo a casa. Viendo atardecer por la ventanilla del avión, con las nubes por debajo, igual que nos ocurrió en el Aiguille de Argentiere, en el col de Cristaux. Con las nubes por debajo.
 
Amanecer en el Col de Cristaux. Al fondo el Mont Blanc.
 
Allí, en los Alpes, rápidamente he descubierto que hay dos tipos de montañeros. Están los buenos, los profesionales. Se les distingue rápido porque gritan a los cuatro vientos sus "hazañas" y no hablan sobre sus "fracasos". Del otro lado están los otros. Algunos se llaman Nacho. Se alegran cuando los proyectos se culminan, pero son tan felices construyendo la casa que no les importa cómo quede la chimenea.
 
Los primeros, los verdaderos, tuercen el gesto cuando el tablón de la meteo en Chamonix arroja malas noticias y corren aliviados a refugiarse a su hotel a esperar que el sol venga. Los Nachos saben que las nubes son parte de la magia, la lluvia parte del juego, asi que piensan alternativas, preparan el macuto y salen para arriba en busca del sol.
 
Esos alpinistas heroicos, desdoblan con cuidado de su armario los forros de última tecnología, sus cuerdas antiagua y antiarista (con un pequeño baño de aleación anti-miedo), los guantes con mejor puntuación en el foro www.tecniguante.com y las botas de 500 euros que les recomendó un habil vendedor de la Ribera de Curtidores. Los Nachos guardan todo dentro de una saca militar (que un día llegó a sus manos y que debió estar en los Andes en el 83 por su inscripción). Allí meten un forro polar verde muy parecido al que usan las madres para hacer Pilates, una cuerda azul que empezó siendo de 9 milímetros y la debe dar de comer porque va por los 12, un gorro que le robó a Manu Chao, unas botas de segunda o tercera mano que compró en Chamonix, una chaqueta que en lugar de repeler el agua la atrae y unos guantes rojos en los que pone Burger King y a los que muy serio llama guantes técnicos. En www.tecniguante.com no aparecen referencias.
 

 
Los auténticos exploradores cuando paran toman energihidratos, musculatrón y otros polvos mágicos que bajan la altura a las montañas y colocan escaleras a las paredes. Los Nachos comen un poco de chocolate y algún caramelo, y mientras los demás buscan el aire él lo sustituye por un poquito de humo de un cigarro de liar.
 
Los buenos, buenos, lloran en la cumbre, llaman a su parejas, sacan estampitas, rezan rosarios, piensan en las fanfarrias del recibimiento. Los Nachos miran al horizonte, buscan nuevas cumbres y proyectos, respiran profundo y tocan alguna melodía celta en su flauta dulce.
 
Asi que anden con cuidado cada vez que vayan por el monte. Es fácil distinguirlos. Esos que no tropiezan, esos que caminan recto y con las ropas impolutas, esos que pasean por el valle cuando llueve. Esos son los grandes alpinistas. Pero si ven alguno desgarbado, que tropieza, que fuma, que parece que ha escogido la ropa con los ojos cerrados. Es unos de los Nachos. Yo si tengo que escoger con quien atarme a la cuerda lo tengo claro.
 



Ver todas las fotos