el gesto de Antígona

15 Nov, 2005

El dominó es ciencia inexacta, como el marxismo [artículo para En Lucha]

— Escrito por pablo @ 18:32

“El dominó es ciencia inexacta, como el marxismo de Engels, de Plejanov, de Bujarin. Sólo hay 28 fichas distribuidas en el tablero y 7 rondas para ponerlas. Teóricamente, viendo los movimientos iniciales, puede deducirse quién tiene cada cual, a partir del conocimiento de las siete que tiene uno. Eso, como el marxismo, en teoría. Pero la revolución social no se produjo en Inglaterra en el siglo XIX por más que estuviera repleta de fabriquitas horrorosas, dickensianas, hollineras y una clase obrera luchona y cervecera, y la dictadura del proletariado nunca representó al proletariado, y a veces los saltos cuantitativos producen regresiones cualitativas”.

La presente reflexión la firma Paco Ignacio Taibo en su reciente novela “Muertos incómodos”, que escribe con el Sup Marcos.

La cuestión principal del debate al que se nos invita, nos parece, ante que nada, de orden estratégico. Creemos que no se trata tanto de un encuadramiento, bien de tipo ético-estético con unos –los zapatistas o los argentinos-, bien de estilo pragmático-científico con otros –Chávez-. El poder representa una dinámica consustancial a la política y a la vida (no hace falta leer a Foucault para percatarse de esto) que condiciona y probablemente da sentido a toda posibilidad de acción política antagonista. Ni los zapatistas son estúpidos ni los argentinos más tontos que los venezolanos. La realidad, además de tozuda es compleja. 

Pareciera que Toni Negri tiene mucha importancia en el debate. El otrora intocable merced a su pasado (y presente) militante y a unos cuantos años en prisión -que ya quisieran muchos intelectuales radicales para sus currículos- es hoy ángel caído a los infiernos tras su posicionamiento respecto a la Constitución europea. Podrán discutirse –para lo cual habría que conocerlas- las razones del autor de Multitud, Imperio y unas cuantas decenas de libros más, para preferir el Sí antes que el No, pero no podrá obviarse que precisamente su heterodoxia descansa en la preocupación por el Poder –con mayúsculas si se quiere- de uno de los pocos marxistas que lee y reivindica a Lenin (un Lenin diferente, eso sí, de aquel del horror estalinista o del esquematismo centralista de las organizaciones que se reivindicaron del trotskismo).  

De lo que estamos debatiendo es de las formas de intervención política del movimiento. Ojalá el debate reforma-revolución tuviera la trascendencia que tuvo cuando socialistas, comunistas y anarquistas podían permitirse discutir sobre la viabilidad de diferentes proyectos de transformación de la sociedad burguesa. Pero ya en el 68, los estudiantes alemanes de la SDS empezaron a notar que la ecuación, como en el dominó, presentaba posibilidades no previstas. Bajo el nombre del Socialismo se construyeron burocracias y dictaduras insoportables y la Socialdemocracia ha votado a favor, en los últimos cien años, de cuantos créditos de guerra hayan sido necesarios. 

Aunque haya que defender las conquistas sociales de los cubanos y su resistencia al acoso imperial, ni su régimen político autoritario, ni el culto a la personalidad del mismo líder durante 40 años, nos parecen asumibles. Aunque haya que celebrar los avances de la izquierda que encabeza Hugo Chávez en Venezuela y las posibilidades emancipatorias que representan para América Latina, no es el discurso del presentador de “aló presidente”, varias cuadras a la derecha de Bernstein (por aquello de la reforma y la revolución), el que más nos seduce para ensayar una traducción en términos de praxis política para nuestros escenarios de intervención. Y es en este punto donde no conviene olvidar que los enfrentamientos callejeros de Seattle y Praga que iniciaron una expansión sin precedentes del Movimiento Global hasta su máximo desarrollo en las movilizaciones contra la guerra, no se pueden entender sin la irrupción mediática (y armada) del neozapatismo el primero de enero de 1994 y la formación de redes de solidaridad intercontinentales (sin apenas organizaciones clásicas) con la revuelta indígena contra el Neoliberalismo. 

La traducción del neozapatismo a la praxis política de los movimientos europeos, sí resultó viable, permitiendo al menos la visibilidad conflictiva de las protestas anticapitalistas. Por suerte o por desgracia, la realidad y las posibilidades de la izquierda no se ciñen a gobiernos tripartitos o a su contrapunto en forma de partidos revolucionarios a escala de casa de muñecas.  

El debate sobre poder y estrategia permanece abierto a la praxis teórica y política del movimiento, como en una partida de dominó.

 


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