el gesto de Antígona

28 Feb, 2009

El Lector y el Holocausto. Un diálogo con mi amigo Norman Radcliffe

— Escrito por pablo @ 19:45

Pablo Iglesias Turrión 28/2/09

…El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.

Eduardo Galeano, Días y noches de amor y guerra

Anoche, mi amigo Norman Radcliffe me llevó a los Verdi a ver "The Reader", la película de Stephen Daldry.

Conocí y quedé fascinado por Norman hace algunos meses en un debate sobre el significado de la alteridad o la manera en la que el "yo/nosotros" dominante construye e imagina al "Otro". El desarrollo de la cuestión pasaba necesariamente por la deshumanización como condición inevitable de la representación del extraño, previa a su destrucción o a su subordinación total. No era difícil, por lo tanto, que la discusión nos terminara llevando al "problema" del Holocausto.

Norman, con su voz envolvente y su inteligencia asertiva e irresistible, nos llevaba por una senda argumental que nos dejaba en una elegante posición (casi irónica), idónea para ridiculizar la inconsistencia de las representaciones del "Otro" por parte de los dominadores, muy en la línea, si se quiere, de lo que hace Edward Said en su mordaz estudio sobre el Orientalismo. Pero Norman fue, a mi juicio, demasiado lejos, de tal modo que terminábamos situados en una posición de superioridad moral-intelectual frente a las justificaciones de la esclavitud, del colonialismo o del Holocausto. En el fondo, es sobre este tipo de razonamiento de superioridad moral-racional sobre el que se asienta buena parte de la llamada Teoría democrática desde John Rawls. Que me perdonen los intelectuales orgánicos de la filosofía política dominante, pero yo por aquí no paso.

En parte por llamar su atención pero también preocupado por las implicaciones que tiene presentar el Holocausto como una monstruosidad enfrentada a la inteligencia y a los valores morales de la modernidad, espeté a Norman que el Holocausto era fundamentalmente una decisión administrativa, un mero problema burocrático. Como podrán imaginarse, la cara de espanto de Norman y las del resto de participantes en el debate me hicieron sentir la honda satisfacción narcisista del condenado a la hoguera que está convencido de tener razón…eppur si muove…

¡Eso es banalizar el Nazismo!, me respondió Norman con su antorcha preparada.

En parte por evitar la hoguera (lo malo del placer narcisista de Antígona o de Giordano Bruno es que solo puede experimentarse una vez; como bien sabemos, el eppur de Galileo solo fue un susurro de soberbia) pero, sobretodo, por seguir llamando su atención, escribí a Norman lo que sigue:

Querido Norman, cuando me referí al Holocausto como decisión administrativa, trataba de hacer referencia a algo que Zigmunt Bauman expresa mucho mejor que yo cuando dice: "el proceso civilizador es, entre otras cosas, un proceso por el cual se despoja de todo cálculo moral la utilización y despliegue de la violencia y se liberan las aspiraciones de racionalidad de la interferencia de las normas éticas o de las inhibiciones morales...entonces, debemos aceptar que fenómenos como el del Holocausto son resultados legítimos de la tendencia civilizadora y una de sus constantes posibilidades" ("Modernidad y Holocausto" en la página 37 de la edición en castellano de 1998 en Sequitur). No quería banalizarlo al hablar de simple decisión administrativa, sino mostrarlo en toda su crudeza moderna. En el Holocausto, el proceso de deshumanización no actúa como elemento legitimante (para eso ya existían siglos de antisemitismo europeo) sino como mecanismo necesario en un proceso "industrial" de eliminación de seres humanos.

Les adelanto que el profesor Radcliffe no entra en debates con cualquiera y, en aquellos tiempos, yo ni siquiera gozaba de tal condición. Así que la cosa quedó ahí. Sin embargo, poco a poco, pude renacer de aquel incidente dialéctico y conseguir (eso sí, solo muy de vez en cuando) una cierta mirada de mi admirado amigo.

Como les decía al inicio de estas notas, por un extraño mecanismo del destino, Norman me propuso ayer que fuéramos a ver The Reader. Como comprenderán los que hayan visto la película y leído a Bauman, a la salida del cine no pude por menos que traer a colación nuestro viejo debate y reivindicar mis justas razones en el mismo. Pero ya se imaginarán, la extremada inteligencia y el atractivo de Norman no hacen de él un hombre condescendiente con mis argumentos, quizá demasiado femeninos en la forma, cuando trato en vano de enfrentarle dialécticamente. Debo reconocer, con todo, que ello hace de las discusiones con él, una experiencia fascinante.

Así que, querido Norman, aprovecho la calma cobarde y susurrante (eppur si muove) del teclado, para decirte que, a pesar de tu personalidad arrolladora y de tu brillantez, tengo razón yo. El Holocausto fue, antes que nada, una decisión burocrática y administrativa y "The Reader" es una magnífica oportunidad para afirmarlo una vez más.

La película no me parece una obra maestra y le pondría unos cuantos peros (pedantería inevitable al comentar un filme) a la organización de la trama, a los ambientes y a la manera en que se manejan ciertos arquetipos históricos. Sin embargo, "El lector" es lo suficientemente valiente para plantear algunos debates muy valiosos para los tiempos que nos está tocando vivir (más allá de las dificultades que haya podido tener con los loobies pro-sionistas, que no es lo mismo que judíos, del mundo del cine, a la hora de ser nominada a diferentes premios en Estados Unidos y Europa).

Entre estos debates destaca el problema de la culpabilidad alemana. Aunque no termina de llegar donde yo querría (que me perdonen de nuevo los partidarios de Rawls y de Habermas, pero nadie puso en sus justos términos la cuestión de la culpabilidad de Alemania mejor que la Rote Armee Fraktion) la película contiene momentos memorables, como el enfado del descreído estudiante de Derecho, compañero del protagonista, que refiere la complicidad de buena parte de la sociedad alemana con el Nazismo, o el grito de Hanna Schmitz al presidente del tribunal "democrático" que la juzga: "¿Qué habría hecho Usted?". La pregunta de la guardia de las SS nos recuerda que (para vergüenza del orgullo jurídico alemán y contradiciendo al humilde molinero prusiano que esgrimió el Derecho para enfrentarse con Federico II el Grande) no siempre hubo jueces en Berlín.

Sin embargo, es la conmovedora humanidad de la vida privada de Hanna Schmitz la parte más valiosa de la película. Hanna, analfabeta y sencilla, no es distinta de cualquier funcionario a sueldo. Se enamora de un joven de dulzura irresistible, se conmueve e incluso llora mientras su amante le lee novelas románticas y es capaz de la mayor de las ternuras acariciando el cuerpo del muchacho cuando le baña. Me impresiona, querido y rudo Norman, que no te emocionases cuando Hanna intenta aprender a leer en la cárcel para poder escribir a Michael Berg.

Pero toda esa conmovedora humanidad no impide a Schmitz ser una eficiente burócrata, sea como obrera de Siemens, como guardia de las SS en un campo de exterminio o como revisora en los tranvías. Esta es la grandeza y la valentía de la película, que aparece de manera explícita en el comentario del profesor de Derecho que interpreta tu admirado Bruno Ganz: "Creemos que la sociedad se rige por algo que llamamos moralidad, pero por lo que en realidad se rige es por la ley". Si algo saben bien los alemanes, a pesar de sus jueces de Berlín, es que el Derecho no es más que la voluntad racionalizada de los vencedores. Mi abuelo, que presidió un tribunal militar de la República durante nuestra Guerra Civil, lo vivió en sus carnes cuando fue condenado a muerte por un tribunal franquista. Cuando hace poco Danilo Zolo nos recordaba desde las páginas de la New Left Review que la justicia, desde Nuremberg hasta la pantomima de La Haya, es siempre la justicia de los vencedores, no hacía sino afirmar lo evidente.

Desde que Robert Michels y Max Weber escribieran sobre la burocracia, sabemos, como nos recuerda Eduardo Galeano con su prosa deslumbrante, que cualquier voluntad (o moralidad) racionalizada necesita de funcionarios eficaces. Soy consciente de que utilizar los términos fascismo y nazismo para definir las políticas migratorias de los Estados europeos o la política criminal del Estado de Israel sería banalizar el Fascismo y el Nazismo (no se me escapa que, a veces, la izquierda con la me identifico pierde de vista el análisis de los procesos históricos cuando construye discursos que llaman alegremente fascista a todo adversario de derechas) del mismo modo que los liberales mienten al equiparar Comunismo y Fascismo desde ese centrismo cínico denunciado por Perry Anderson en "Spectrum", que afirma esa incongruencia (te pongas como te pongas Norman) de que los extremos se tocan. Para bien o para mal, las atrocidades espantosas cometidas en nombre del Comunismo, las bombas nucleares estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki o la legalización de la tortura en Israel no reducen el horror político a la unidad.

Pero no debemos olvidar, admirado Norman, sobretodo vistos los malos tiempos que corren para el "Otro" imaginado, que no hay tanta diferencia entre los policías que eficientemente detienen migrantes en nuestras metrópolis globales y los guardias de las SS. Ni los unos son comprometidos y honestos servidores de la ley ni los otros eran monstruos terribles. En la mayor parte de los casos, unos y otros son simples y grises funcionarios, algunos de ellos ejemplares padres de familia, que se emocionan al abrazar a sus hijos, que se enamoran y que son capaces de ser tan tiernos como cualquiera de nosotros.

Es cierto que la historia también se construye a partir de la heroicidad y la belleza, como trataba de decirte ayer (quizá fuera Eisenstein en El acorazado Potemkin el primero el llevar al cine el acto heroico de significado histórico). Pero por desgracia, la belleza y el valor, son siempre patrimonio de los pocos, esos a los que Bertolt Brecht llamó los imprescindibles.

los imprescindibles


comentarios

  1. Casualidades del destino: estuve el jueves viendo The Reader y tengo planeado sacar un comentario el martes o así. Coincido con y descoincido de ti en el juicio. Enlazaré tu página a mi comentario.

    Escrito por Palinuro — 28 Feb 2009, 21:16

  2. Tendré que leer a Bauman para tratar de rebatir ese análisis tan mecanicista a ver de donde saco tiempo, voy a tener que dejar de hablar contigo.

    No obstante, como la ignorancia le hace a uno valiente, lanzo una reflexión:

    Weber habla de legitimidad, y la burocracia estaría en el marco de la legitimidad legal-racional, pero en que momento, en sistemas formalmente democráticos, somos capaces de aplicar o percibir como legítimas unas directrices burocráticas particularmente duras con respecto a otras personas si no entendemos que esas personas no son "nosotros" sino "otros". Me resumo en esta pregunta ¿Por qué podemos aceptar que nuestra burocracia busque y expulse inmigrantes de una condición económica baja, pero no aceptaríamos que expulsase a los pobres de nacionalidad española?

    Hay algo que se puede recuperar de Hanna Arendt para explicar esto también, sin abandonar completamente lo que he entendido por la tesis de Bauman y es la atomización del individuo, que por cierto también lo vemos en ambientes como el laboral donde la solidaridad entre compañeros se ha visto sustituida en muchos casos por la competitividad, yo lo resumiría:
    Cuando nosotros, se transforma en yo, todos son otros y por tanto dificilmente podemos juzgar, evaluar u oponernos a las decisiones de la burocracia sobre todo porque ¿Quién nos legitima para hacerlo si ya no hay nosotros?

    Salud!
    PD: Veo que has puesto medidas para evitar la invasión del capitalismo farmaco pornográfico de los comentarios de tu blog.

    Escrito por Gonzalo Caro — 01 Mar 2009, 16:02

  3. Una recomendación de lectura contra el pensamiento mágico posmoderno y la deshistorización de los hechos:

    SUBIRATS, E. "El legado de Auschwitz" en La Jornada. 1 de julio de 2008. Fuente: www.jornada.unam.mx/2008/07/01/index.php?section=opinion&article=014a1pol

    Enhorabuena por el artículo.

    Salud.

    Escrito por Duarte — 01 Mar 2009, 17:36

  4. Lo primero que pienso al leer tu texto es en la observación de Zizek , quien señala que si se eleva el Holocausto al rango de mal absoluto, que no puede explicarse ( incluso hay quien piensa que ni debería tratarse) ni ser dialectizado , es difícil de sostener , al mismo tiempo, las identidades totales - los extremos que se tocan-entre el comunismo y el fascismo. Si el Gulag fue el precedente de los campos nazis, estos últimos pierden esa cualidad inexplicable. Ahí se ven , claramente, pienso, los anticuerpos habermasianos a repensar críticamente la racionalidad moderna.

    Sobre otro tema, Susan Sontag interpelando a Steiner con lo siguiente :

    " ¿Quién en su sano juicio ha dicho alguna vez que la cultura lo hace a uno mejor? Hay todo tipo de seres humanos. Hay gente extraordinaria que es inculta, que es ignorante e iletrada, y hay también gente terrible que ha leído todos los libros y escuchado toda la música. Nadie con un poco de sentido común o de experiencia con la gente ha sostenido jamás una postura como esta, de la que ahora Steiner dice ¿Saben?, no es verdad. La cultura no nos hace mejores.'' Y lo peor es que hace toda una carrera con una opinión como esta. Se la he oído decir miles de veces. Y la ha escrito otras tantas, junto con su ejemplo favorito, que no sé si lo citó esta vez. Aquello del comandante nazi del campo de concentración que pasa el día enviando a los judíos a la cámara de gases y zarandea a los bebés y los azota contra un muro hasta ver cómo les saltan los sesos y luego de esto llega a su casa y lee a Goethe y escucha embelesado a Schubert."

    Uno puede cumplir cabalmente su labor como burócrata en el Estado alemán de los 40 y separar ese trabajo del resto de su experiencia vital ( como señala Zizek hablando de la banalidad del mal arendtiana)

    Sobre la relación entre la legitimidad - la legalidad- y la violencia - muy poco extremos en este caso y , que más que tocarse, se fecundan, Ferlosio en varios textos , especialmente en su glosas a Benjamin , ha dejado claro eso que dices del derecho como voluntad racionalizada de los vencedores:" Las armas son el origen de la legitimidad. El vencedor es el legitimado, y el legitimador, el vencido. En el ensayo de Walter Benjamin sobre la violencia se dice que, en los tiempos más primitivos, el tratado de paz representaba la aceptación de los derechos de guerra del vencedor por parte del vencido"

    Y para terminar el desorden y la parrafada:

    "El hecho es que la policía , en contra de la opiníon común , que ve en ella una función meramente administrativa de ejecución del derecho , es quizá el lugar en que se muestra mas al desnudo la proximidad , la intercambiabilidad casi, entre violencia y derecho que caracteriza al soberano(...) Si el soberano es en verdad el que, proclamando el estado de excepción y suspendiendo la validez de la ley , señala el punto de indistinción entre violencia y derecho, la policía se mueve siempre, por asi decirlo, en un estado de excepción permanente" Agamben sobre Benjamin

    Escrito por Manuel Canelas Jaime — 03 Mar 2009, 12:07


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