Esfera pública y universidad
ARIEL JEREZ, CAROLINA BESANA Y PABLO IGLESIAS
Público, 2 de Mayo de 2009
Los analistas sociales preocupados por el orden democrático, siempre
conflictivo e inacabado, cada vez somos más conscientes –y estamos cada
vez más preocupados– por la salud de nuestra esfera pública. Dentro de
los diversos operadores que la gestionan, los medios de comunicación,
en su inmensa mayoría, juegan un papel políticamente conservador, más
grave en el caso español, donde la reflexión sobre la independencia del
llamado cuarto poder que iluminó la modernidad
occidental estuvo limitada por nuestro pasado autoritario, que va más allá del franquismo.
Los cierres y exclusiones que los medios operan en la esfera pública
están en la base de la derechización de nuestras coordenadas
ideológicas. Gracias a su capacidad de monopolizar agendas, en los
últimos 30 años de democracia española hemos sido extenuados con
millones de páginas y horas de información dedicadas al terrorismo y al
nacionalismo, pero hemos contado con poca y mala información para
pensar y deliberar sobre la calidad de las políticas sociales; sobre
los límites de nuestra convivencia intercultural (tanto con los
inmigrantes como entre las diversos sentimientos nacionales
peninsulares); sobre un sistema electoral antipluralista o el modelo
económico (con el que es imposible afrontar la crisis actual). Son los
movimientos sociales, verdaderos publicistas de los intereses y de los
actores de la sociedad organizada desde abajo, el motor que dinamiza su
apertura, al tiempo que buscan vetar comportamientos ventajistas
antidemocráticos.
Un interesante caso reciente lo hemos vuelto a tener con Rosa Díez
(diputada de UPyD), que volvía a intentar arrancar su periplo electoral
en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad
Complutense de Madrid. Convencida de tener garantizado el espectáculo
idóneo para una organización oportunista como la suya, esta vez, sin
embargo, los estudiantes le han dado una interesante lección
democrática. El abucheo de febrero de 2008, instrumentalizado
mediáticamente, le sirvió a Díez para ganar presencia en la esfera
pública y, obvio, para conseguir un buen resultado electoral en Madrid
(aparece casi como un momento fundacional en su artículo en Wikipedia).
Varios profesores colaboraron en su estrategia de criminalización de la
protesta –en prensa recibieron calificativos como filoterroristas,
representantes del “fascismo rojo”– y se pidió mano dura con castigos
ejemplares para cortar potenciales “efectos imitación”. La clave de su
estrategia: conseguir la imagen bifronte de víctima de los “violentos”
y heroína de la libertad
de expresión.
Curiosamente, los mayores aliados de la “progresista” Díez son Pedro J.
Ramírez y F. Jiménez Losantos, que con Aznar fueron los articuladores
del proyecto político neocon en España. Conviene recordar que en las
coordenadas ideológicas de nuestra cultura política, estos señores
logran presentarse en España como moderados y ponderados gestores del
centro político. Al tiempo que actualizan, en clave españolista, la
constelación de valores que desplegó el nacional catolicismo,
hegemónico durante nuestra triste Historia contemporánea: unidad de
España en peligro frente al separatismo; el espíritu de cruzada de un
catolicismo pretendidamente mayoritario siempre amenazado por un
laicismo que desafía su monopolio de interpretación del sentido de la
vida española (biológica, social, cultural); la violencia autoritaria
de la mano dura contra la disidencia, que tiene un trágico hilo
conductor que conecta hogueras inquisitoriales, juicios sumarísimos de
la Guerra Civil y del franquismo y la actual estigmatización del
diálogo como mecanismo para resolver el conflicto vasco.
Sin embargo, esta vez su oportunista estrategia victimista fue
desbaratada por el movimiento de estudiantes radicales, que la dejaron
sin su foto para abrir portadas, telediarios y tertulias, con unos
segundos de abucheos y empujones entre estudiantes, guardaespaldas y
policías. Anunciaron, en cambio, una reversiva “Concentración
españolista” de bienvenida a Díez –con lemas del tipo “España una
grande y libre: Rosa Presidenta” “Otegui no me engaña, Vascongadas es
España”, “España una y no cincuenta y una”, “más, más, más policía”,
“español sí, dialectos no”–,
a la que irían disfrazados de curas, guardias civiles a lo Tejero, señoras bien y pijos engominados.
Al mismo tiempo invitaban a acudir al acto con gafas de sol al estilo
Caiga quien caiga, como símbolo de rechazo pacífico (e irónico) a su
estrategia oportunista, así como a formular preguntas inteligentes e
incómodas durante la conferencia. Bastó que los estudiantes anunciaran
esto para que UPyD diera marcha atrás y cancelara el acto, renunciando
a debatir su programa.
Evidentemente el problema no es de libertad de expresión. Nuestros
colegas (de pasado izquierdista casi todos ellos y que ahora se
distancian de prácticas que utilizaron y justificaron en su juventud)
deberían reconocerles a los estudiantes el mérito de este dispositivo
simbólico de control democrático no institucional. Muchos de estos
viejos profesores que “hicieron la transición” se muestran hoy
incapaces de ver la democracia más allá de las cifras agregadas por las
urnas, los estudios de audiencias y los sondeos de mercado, olvidando
que, para que la democracia no sea un mero y frío procedimiento, tiene
que asumir la radicalidad crítica del conflicto.
Esta nueva generación de estudiantes politizados se ha formado al calor
de la explosión de las TIC y de las nuevas formas de protesta que los
movimientos globales pusieron sobre el tapete político-mediático hace
diez años en Seattle. Saben mejor que nadie que es necesario pinchar la
burbuja especulativa del espectáculo político.
Ariel Jerez, Carolina Besana y Pablo Iglesias son Profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

En la pequeña tribu de celtíberos se ha implantado ya el cultivo del cereal, abundante en la meseta, y la custodia del ganado, sobre todo vacuno. Temen a la Madre y Diosa naturaleza. A las tribus de los hombres oscuros, y a las fieras salvajes. En los últimos años han muerto muchos niños por falta de buenas cosechas y lo esbirriado de sus reses. Los miembros de la tribu preguntan al Jefe, el jefe a su vez pregunta al chamán. El chamán dicta que han de matar a un toro. El ritual de sangre lo realizan los mozos jovenes del poblado. La competencia a esa edad es ancestral. Pero muerto el toro, la madre naturaleza manda un granizo y se van las pocas cosechas que quedaban. Entonces acusan al chamán de haber confabulado con el jefe la perdición de todos molestando a la Diosa. El ritual de sangre se repite con el chamán. Toros, chamanes, jefes, jóvenes abonan con su muerte la tierra, Pero la tierra no les responde.
Escrito por Joe Black — 14 Mar 2011, 14:31