Recientemente salía la luz el segundo Pulsómetro ADT de Seguridad en Madrid, proveedor de sistemas de seguridad. Según este estudio casi 9 de cada 10 ciudadanos afirman sentirse poco o nada seguros en Madrid y para la mayoría (86%) las calles céntricas de la ciudad son los lugares más peligrosos. Respecto al 2005 la sensación de inseguridad en estos espacios ha aumentado más del doble (entonces fue de un 40%). El porcentaje es especialmente significativo entre los ciudadanos de más de 50 años, ya que prácticamente ninguno se siente seguro paseando por las calles madrileñas. Las personas entre 30 y 40 años son las que más seguras se sienten (24,6%) Esta percepción varía sustancialmente respecto a espacios cerrados como centros comerciales y de ocio o edificios públicos y corporativos. En estos lugares entre el 90% y 100% de los encuestados afirmas sentirse seguros o muy seguros.

Todo un logro de la gestión social de las administraciones. La cifra que marca que más del 90% de las personas se sienten seguras en los espacios cerrados es una de las grandes tendencias de nuestros tiempos. Quiere esto decir que existe un miedo, más o menos fundado, a la calle, al espacio abierto.

La histórica imagen de la ciudad como generadora de derechos y libertades (de ahí el nombre de “ciudadanía”) y remanso de paz (la ciudad amurallada) frente a los enemigos externos ya es cosa del pasado, de los libros de historia. Ahora tenemos una enfermedad que se llama inseguridad que atraviesa las ciudades de punta a punta de la cual sabemos como hemos entrado pero no como salir.

Es común oír hablar de los de los continuos problemas “securitarios” pese a que en el Estado Español poseemos la tercera tasa de criminalidad menor de la Unión Europea (Datos del Ministerio del Interior). Tenemos una tasa de 49,5 infracciones penales por cada mil habitantes, solo nos “ganan” Irlanda y Portugal y países como Reino Unido tienen 105,4. Aún así, el ambiente de inseguridad ciudadana generado es importante lo que crea importantes estigmatizaciones de determinados grupos sociales y se promueve las tendencias que quieren o apoyan el control preventivo del delito, más que por incidir en sus causas y por la exclusión permanente (reclusión o expulsión) más que por opciones de reinserción social con la excusa de la inseguridad. Una de las consecuencias más directas es que tenemos la segunda tasa más alta de personas encarceladas por cada 100.000 habitantes: 140. Nos gana el Reino Unido –con 142-, un país que nos duplica en la tasa de criminalidad.

Ha “surgido” (o se ha creado) de esta manera un “enemigo interior” del que hay que defenderse y para ello se ponen muchas maquinarias en marcha, que tienen como justificación el miedo social, una sensación de inseguridad, sea o no cierta... Este “enemigo” es el que puebla los espacios públicos y es “el motivo” por el que la gente se siente segura (como afirma la encuesta) en los espacios cerrados como los centros comerciales y pide y reivindica mayor presencia policial, reformas urbanas (del espacio público –plazas, parques…- pero también de barrios enteros) o la videovigilancia y por supuesto la “mano dura” legislativa y judicial.

Las últimas remodelaciones de los espacios públicos en Madrid no se han escapado de esta lógica. Las recientes o futuras remodelaciones de plazas como la de Tirso de Molina, Lavapiés, Soledad Torres Acosta –Plaza de los cines luna- o el complejo Azca tienen el sello de la búsqueda de un “urbanismo seguro”. En estas remodelaciones, pero también en el urbanismo de nueva construcción, la finalidad –más o menos explicita, según el caso concreto- será la defensa contra este nuevo enemigo de la sociedad, que ya no es un sujeto subversivo o una potencia extranjera sino más bien sujetos “molestos” como los sin techo, jóvenes, migrantes, drogadictos...

Nos encontramos con un nuevo paradigma en la manera de ver e intervenir sobre las ciudades. En esta nueva visión del urbanismo y del espacio público cuenta más la aproximación desde el punto de vista policial y de mantenimiento del orden que cualquier otra cuestión, sobre todo si la intervención se hace sobre espacios ya consolidados comúnmente abandonados por las administraciones y degradados. Igual que en épocas pasadas en todas las reformas se comenzó a tener en cuenta la seguridad frente a los incendios u otras contingencias, en estos momentos priman los conceptos de seguridad y orden.

Perdemos la noción de la calle, de las plazas, de los parques de los lugares y espacios de encuentro. Les tenemos miedo, y frente a ello las administraciones se han puesto en marcha, no para solucionar los problemas –que los hay- en la utilización de los espacios públicos, generando un nuevo espacio concebido solo para el transito, para lo movilidad de un sitio a otro, de nuestra casa a nuestro centro de trabajo o al centro comercial. Así se trabaja para que nadie esté en ese espacio, ya sea haciendo espacios diáfanos, cambiando el mobiliario urbano o creando ordenanzas o leyes (como la del “anti botellón” que penaliza el consumo de alcohol en la calle, o las ordenanzas cívicas como las de Barcelona) que dificulten o impidan “estar” en la calle.

Son intervenciones en las que no se tienen en cuenta casi nunca las relaciones sociales y económicas que parten de una relación directa entre las formas espaciales del urbanismo y la actuación de los sujetos que en ellos intervienen. Suele suceder que lo que se logra es trasladar el problema a otras zonas más cómodas para las administraciones y los vecindarios. Zonas donde la visibilidad es menor, pero que a fin de cuentas el problema subsiste y poco se hace para solucionarlo.

En estos momentos en los que el desarraigo es tan grande las políticas de ciudad de generar espacios de encuentro y de convivencia, espacios en definitiva de conocimiento y reconocimiento comunitario pierde un peso fundamental. En vez de generar espacios públicos estos se reducen su mínima expresión y son sustituídos por espacios privados y zonificados, grandes barrios dormitorios con zonas privadas internas, zonas de trabajo y zonas de ocio. Todo separado para que no exista confusión en su forma de uso.

El miedo y la sensación de inseguridad, reconfigura de manera importante el modelo de ciudad. Pocas voces se alzan en favor de volver al espacio público dotándolo de contenidos que los reviva. Es preferible expulsar el problema (o los problemas) pasando la maquinaria que re-urbanice o re-habilite y que se pase la policía, pocas son las voces que se preguntan el porque del abandono de estos espacios y sobre su degradación y deterioro.