Viernes, Febrero 23, 2007

V de Vivienda con B de Barcelona: Qué pasa cuándo las movilizaciones desbordan cualquier previsión.


La trayectoria de la Asamblea V de Vivienda en Barcelona llamó nuestra atención desde su nacimiento, cuando decidieron apostar por convocar el primer encuentro en la calle, el lugar por excelencia del don nadie y el cualquiera, y no en algún local atravesado ya por alguna identidad política particular, con las fronteras que se establecen así siempre entre activistas y no activistas. Ese gesto no fue flor de un día, no fue un acto interesado y calculado de apertura para mejor reclutar luego carne fresca, sino el empeño que ha impulsado a la Asamblea durante todos estos meses.
Esa apertura a lo desconocido, esa contaminación buscada concretamente una y otra vez, ha rendido luego frutos que ya son conocidos por todos: por ejemplo, el eslogan “no tendrás casa en la puta vida”, de una enorme eficacia simbólica disruptiva, que no podría haber salido jamás de los jamases de un espacio ideologizado y militante al uso, supuestamente más radical pero en realidad siempre mucho más conservador, sabido, previsible y pautado (lleve pasamontañas o se organice en una estructura que no se lleva el viento). Más identificable y, por tanto, más controlable. La trayectoria de la Asamblea de Barcelona nos impresiona no sólo por su decisión tan resuelta de partir de un no saber (qué debemos pedir, cómo nos debemos organizar, hacia dónde debemos ir), sino también por su talento para estimular las capacidades de cada uno de los que pasan por ella, otro de los rasgos-clave de una nueva politización.
Por supuesto, el proceso de esa experimentación no es fácil ni está libre de problemas. El relato siguiente, transcripción de la charla que un compañero de la Asamblea de Barcelona dio en Madrid pocos días antes del 23 de diciembre, tiene por lo menos el mérito de no pasar de largo ante las contradicciones, sino de ponerlas en primer plano como la realidad misma del proceso.
Si la fuerza de las luchas hoy es problematizar y, frente a los fetichistas del resultado, sus logros estriban en lo que se aprendió por el camino, en lo que se puso en juego y en cuestión, la Asamblea de Barcelona hace bueno aquí y ahora su propio dicho de que “la V de Vivienda se escribe con V de Victoria”.

El 14 de mayo y las sentadas

“La primera sentada del 14 de mayo fue una experiencia desconocida, para lo bueno y para lo malo. Como sabéis, en Madrid no fue sólo una sentada, adoptó una forma distinta, la de una manifestación espontánea, tuvo un dinamismo diferente. Eso no sucedió en Barcelona, allí nos fuimos a casa con el sentimiento ambiguo de que había pasado algo increíble, pero también de que nos habíamos aburrido. Por eso en la siguiente convocatoria bajó el número de gente. A diferencia de Madrid, no existía un ánimo de subidón, sin embargo, nos íbamos de allí diciendo “esto hay que repetirlo porque es increíble”. El impacto lo provocó el ocupar la Plaza Cataluña con una convocatoria anónima y la variedad de gente, eso era lo increíble. Que no era una convocatoria que venía de un espacio político, de los espacios que normalmente convocan a lo social. Aunque hay algunos precedentes de ese tipo de autoconvocatorias, como por ejemplo con el botellón, y de alguna manera, en esos momentos había dentro del imaginario de esta movilización una relación con el botellón: ambas convocatorias eran espontáneas, ilegales, anónimas, pero la del 14 de mayo respondía a la del botellón. Si recordáis, la convocatoria decía “vamos a demostrar que no nos movemos únicamente para beber, que España también se mueve por la vivienda”, o algo por el estilo.

Por tanto, lo que pasó en Barcelona es que esta primera convocatoria fue muy aburrida pero asistió mucha gente y en Madrid fue muy divertida y asistió mucha gente. En Barcelona nos vimos con muchas ganas de repetirla, pero más por el hecho novedoso que por lo bien que nos lo hubiésemos pasado en la calle. En Madrid también se repite, pero la policía reprime esa repetición y en Barcelona no. Creo que de alguna manera eso fue determinante para lo que pasó después.

En la segunda sentada tampoco nos movimos, pero en la tercera ya comenzamos a salir en manifestación, a levantarnos. Éramos mucha menos de gente que en la primera sentada, pero ya quedábamos todos los domingos y la historia se repitió hasta siete u ocho veces: ya no realizábamos únicamente una sentada, sino que nos poníamos a andar, cortábamos las calles, bajábamos por el Portal del Ángel, que para los que no lo conozcáis es una calle comercial, llegábamos a la plaza de Sant Jaume, ante el Ayuntamiento, y allí se hacía otra sentada y cada semana íbamos improvisando cosas. Seguía llegando gente nueva con sus propias aportaciones, pero no había ningún tipo de colisión entre estas contribuciones.

Ya en la primera convocatoria a alguien se le ocurrió pasar folios para que cada cual apuntase su e-mail y así se compuso una lista correo ¡de unas cuatrocientos personas! Claro, una lista así es un delirio, colapsaba los buzones de la gente. La dinámica de recibir cada día noventa, cien, doscientos mensajes durante los primeros días fue algo horroroso, y tuvimos que tomar la decisión rápida de que a la lista no se podía escribir. Aunque parezca paradójico que en una lista de correos no se pueda escribir, la cosa tiene su sentido: una lista con cuatrocientas personas suscritas para anunciar las diferentes convocatorias tiene un gran potencial. Así que ahora todos los mensajes están filtrados, sólo se dejan pasar las convocatorias del movimiento, de la V de Vivienda. Y la verdad es que esto está muy bien porque a día de hoy hay como 550 personas en esta lista y cuando se manda una convocatoria se nota el feedback, la gente acude, se percibe la respuesta. Es un canal muy potente y, os recuerdo, se abrió desde el primer día porque a alguien se le ocurrió pasar unos folios. Muchas ideas han salido así.

Asambleas en la calle

Lo que pasó a partir de la cuarta sentada, fue que hubo gente que empezamos a sentir, por aquello de nuestra tradición activista, o por los miedos, o por lo que fuera, la necesidad de organizar, es decir, de sentarnos y empezar a preparar el siguiente domingo. Nosotros lo dijimos por megafonía en la sentada: “vamos a vernos el sábado en la plaza del Pi”, en una plaza pública, para preparar la sentada del domingo”.

Y así es cómo se comenzaron a hacer las primeras asambleas, en la calle. Nos juntábamos el sábado y decíamos “¿qué hacemos mañana?”. Era tan simple como eso, una asamblea completamente logística, en la que nos dedicábamos a organizar el día siguiente. El desbordamiento que significaba toda esa gente tan distinta, sin ninguna experiencia política previa, hacía que todo el asunto organizativo fuera muy complejo (moderación, discusión en un espacio público), pero al mismo tiempo algo muy potente, porque verdaderamente cuestionaba muchos de los límites del mundo activista, del mundo de la organización política, porque las maneras de hacer a las que estamos acostumbrados ahí no funcionaban. Primero, porque la formación, la subjetividad que se mostraba era completamente diferente a la que se puede mostrar en un espacio activista más constituido. Y luego, notabas esa inmediatez a la que todo el mundo estaba abocado de alguna manera en esas primeras asambleas, esa horizontalidad.

En ningún momento se habló de diferentes maneras de entender la vivienda, de soluciones al problema de la vivienda, etc. En ningún momento se hizo un planteamiento mínimo para intentar entender, hablar o discutir de lo que estaba sucediendo... En absoluto. La gente decía: “¿cómo hacemos mañana?”

Romper la frontera activista/no activista

Esta dinámica se mantuvo durante un cierto tiempo, tanto en la asamblea de los sábados que se hacían en el espacio público como en las sentadas el domingo. Pero hubo un momento en el que ese grupo de la asamblea vió -y ahí se coincidió con lo que se hablaba en Madrid y en otras partes- que mantener esa locura de las sentadas todos los domingos era un desgaste que no podíamos aguantar por mucho tiempo. Y así se decidió, en Barcelona al menos, realizar la primera manifestación convocada por la asamblea, ¡con lo que eso suponía! Porque en ese momento una manifestación implicaba que gente que no se conoce de nada, que no tiene ninguna experiencia política común, tiene que empezar a hablarse en términos organizativos.

Ya no sólo de lo que haríamos al día siguiente, sino también de quién iba a poner el carnet para legalizar la manifestación, de cómo se hacen los carteles... De pronto había otros componentes de organización que en un principio no parecían simples de introducir en un espacio recién creado. Sin embargo, se resolvieron con mucha naturalidad. Y el saber activista, el saber militante, se encontraba de nuevo con una paradoja: en ese ambiente que no sé muy bien cómo definir (y que conoce quien haya estado), el de las sentadas, se tomaban decisiones muy rápidas sobre cuestiones que en otros ambientes hubieran creado muchos más problemas, como por ejemplo, decidir si se legaliza o no la manifestación, en un encuentro no problemático entre gentes que venían de distintos mundos. Así es como se organizó esta primera manifestación, la del 2 de julio, y la verdad es que fue sorprendente porque las sentadas estaban de capa caída y de repente volvimos a resurgir: otra vez mucha gente, con la misma variedad, empezaron a aparecer las pancartas que cada cual se traía de casa, etc. Decidimos llevar un camión con megafonía y preparamos también unos textos que leíamos desde ese camión, junto con las primeras canciones sobre la vivienda que estaban apareciendo de manera viral por Internet, en los blogs de la gente, etc. Esa mezcla fue muy potente, salió todo bien rodado y ocupamos el espacio público mucho tiempo.

En esta manifestación empezaron a aparecer formas de expresión que después se han convertido en clásicos, como por ejemplo romper los catálogos de las inmobiliarias: desde entonces todo el mundo se trae catálogos para romperlos juntos en la mani. A alguien se le ocurrió la idea: “podríamos dedicarnos esta semana antes de la mani a pillar todos esos catálogos que están por las calles y juntarlos”. A la gente le molaba coger los catálogos y dejar a las inmobiliarias sin publicidad. Fue estupendo marcar la vía pública con esa imagen de la gente rompiendo los catálogos mientras por megafonía se gritaba contra la burbuja inmobiliaria, estuvo muy bien.

¿Las asambleas son para el verano?

En esta mani hubo un punto de inflexión. De alguna manera parecía que estábamos repitiendo una experiencia conocida: un inicio fuerte, un momento de clímax y luego el declive. Pero al estar por otro lado constituyendo una asamblea, no sucedió como podía esperarse. De repente, en esta manifestación para nuestra absoluta sorpresa la gente decía: “no podemos parar, hay que reunirse todo el verano y volver con fuerza a la calle en septiembre”. De pronto, yo me vi involucrado en una movida que desmentía otra vez más los postulados clásicos de la militancia: se descansa en verano, se empieza con la campaña en septiembre... La asamblea, con 50, 60 o 70 personas se reunió todo julio, todo agosto, todo septiembre. Lo cual era increíble. Acumulamos tal energía que en septiembre parecía que íbamos a ganar (risas). A partir de ahí, la cosa ya cambia, se empieza a constituir una asamblea como tal. Alguien ofrece un local, que además es un local que está okupado pero nadie plantea ningún problema: ni las madres con tantos hijos ni los ancianos con tantos años...

Como digo, comenzamos a juntarnos todo el verano y a hacer talleres. Los talleres eran espacios como de asamblea, pero sin serlo. No eran espacios donde discutíamos diferentes posiciones frente a los acontecimientos en curso. No era eso lo que pasaba. Lo que nos salía más bien cuando nos juntábamos era sobre todo hacer cosas, hacer y hacer y hacer. Teníamos claro que lo que teníamos que preparar era la mani del 30 de septiembre. Ahí tiramos línea a Madrid y les dijimos: “apuntaros”. Aunque en Madrid no se vio lo de hacer una gran mani, se apoyó la convocatoria de Barcelona y la mani grande se hizo más adelante.

En Barcelona la gente comentaba: “ostias, esta mani va a representar la imagen del movimiento”, porque el hecho de no tener la visibilidad de las sentadas durante el verano suponía un vértigo, era un espacio vacío. Nos preguntábamos si ese espacio se iba a volver a llenar, si la cosa iba a volver a funcionar, si la gente se volvería a convocar, teníamos esas dudas. Pero la verdad es que tampoco dedicábamos mucho tiempo a pensar, ¡era tantísima la energía que nuestro propio espacio llegó a tener, no sólo en las reuniones, todos los miércoles de julio y agosto, sino también la que provenía de la gente que pasaba por la calle y nos animaba a seguir adelante! Veíamos que la cosa tenía una fuerza que estaba creciendo de verdad.

Poniendo en común

La gente de la asamblea se empezó a conocer y nos dimos cuenta de que entre nosotros había de todo: diseñadores gráficos, profesores, activistas, peluqueras, modelos... de todo. Y eso suponía un potencial, una riqueza que empezamos a desarrollar y estimular muy bien. En ese sentido, es uno de los procesos más ricos en los que he participado: las cosas comienzan a articularse y se produce una potencia, digamos “natural”. Nos han acusado mucho de “pijos”, de montar unas manis muy bien arregladitas, muy bien diseñadas. Pero eran cosas que surgían de manera muy natural. Por ejemplo, una de las cosas que se nos ocurrió fue hacer un kit del manifestante, ya ves tú qué cosa. No estaba mal, porque llevaba un globo y un palillo para pinchar la burbuja, un flyer para enterarse de qué pasaba y de qué iba a pasar, pegatinas de la campaña, una tiza... Lo de la tiza fue una idea chula porque en lugar de usar el spray en la calle con lo que eso supone de multas y demás, la tiza está permitida y deja una marca mucho más significativa: en Barcelona los sprays ya pasan desapercibidos... Todo eso lo metimos en una bolsita de plástico. Pues bien, las bolsas de plástico las trajo un hombre que viene a la asamblea y es bolsero, llegó un día a la asamblea y dijo: “me sobran tantos miles de bolsas”. A lo que respondimos: “oye, pues traételas y vamos a hacer algo con ellas” y de ahí surgió la idea del kit. La imprenta se enrolló bastante y nos rebajó el precio casi hasta la mitad, todo por ser el tema de la vivienda. Otra partida de pegatinas nos salió gratis gracias al padre de otro chico, y así ... Digo todo esto para explicar que la colaboración, la inteligencia colectiva y los recursos puestos en común también ofrecen mucha riqueza, mucho potencial. Y además nada de esto supuso una carga de dinero, de profesionalización. Pancartas, lemas, ideas para camisetas, etc., son momentos de construcción colectiva en los talleres.

La puta vida

Empezamos a organizarnos por comisiones. La comisión gráfica, que tenía que diseñar el cartel, propuso un eslogan: “no vas a tener casa en la puta vida”. Cuando la comisión gráfica lo volcó en la asamblea, aquello generó una serie de debates. Pero nada que ver con los debates que ese mismo eslógan hubiera producido en un espacio más ideologizado, más partidista o más militante. Por ejemplo, los prejuicios con el término “puta”, la agresividad que pueda suponer, el sexismo o lo que sea, esas pegas, las expresó solamente gente que provenía de los movimientos sociales. Las peluqueras y los que tunean la moto no entendían nada, lo tenían claro: “pero si esto es una puta vida, nen”. Fue la primera vez que algo tuvo que consensuarse en la asamblea. Antes simplemente se hacía, se hacía y se hacía, sin consensuar nada. El lema nos enfrentó por primera vez a una decisión. La discusión se dio de manera muy amena, inteligente y ágil. Había dudas, cierta gente las planteaba y se volvía a hablar.

Como estábamos a pie de calle, la gente salía a preguntar a quién pasaba por allí: “perdona, ¿qué te parece este cartel?” “¡De puta madre, tío!” Se llegaron a dar paradojas fuertes en esa discusión. Había gente que decía: “me parece de puta madre el cartel, pero no creo que debamos usar el termino 'puta'” (risas). También había dudas sobre cómo lo verían los niños, porque lo íbamos a pegar en todos los sitios: panaderías, etc. Pero finalmente se aceptó. Era el lema que lo contenía todo: la casa, la vida, la contradicción entre derechos dados y negados de hecho, etc. Los otros lemas que se propusieron sólo mostraban visiones parcelarias del asunto. Además, impedía la solidaridad fácil (“a ver si conseguís algo, chavales”), rompía el sentido común.

La convocatoria, con ese cartel, fue una auténtica locura, nos lo quitaban de las manos, circulaba por todos sitios. Al final se había hecho un pequeño número de carteles sin la palabra “puta” y estos se quedaron en el local, nadie los pegaba. Cuando lo íbamos a poner en las tiendas, nos pedían por favor que pegásemos “el de la puta”. No había ningún rechazo. Era un cartel totalmente abierto, la tipografía, etc. Para que cualquiera se lo descargara, se lo apropiara. ¡Un programa de internet y a imprenta! Y verdaderamente se replicó: en Madrid, en Sevilla, etc. Fue un gran acierto comunicativo, difícil de superar.

La red del 14 de mayo (blogs, foros, etc.) ya había adquirido una estabilidad y se daba un intercambio: de sentido, de formas, de gramáticas, de prácticas. Aunque todo eso tiene una contrapartida de la que nosotros no éramos conscientes entonces. Cada decisión, cada gesto comunicativo, cada manifestación, cada asamblea nos iba constituyendo. Cada movimiento que nosotros hacíamos (una nota de prensa, una mani, una determinada tipografía, tal o cual eslogan) iba creando una identidad concreta. Todo eso genera una potencia, pero limitada. Limitada porque tiene un reverso al que ahora nos estamos enfrentando por primera vez de forma dolorosa. Con respecto a la convocatoria del 23 de diciembre ha aparecido el primer conflicto que aún no sabemos resolver. Y es un conflicto en torno a la identidad. La identidad separa a “la gente” -ya ha aparecido el concepto de “la gente”- de “la Asamblea”, como una figura clave. Pensar así lleva a considerar que las manifestaciones deben ser convocadas por la asamblea, o a sospechar de la convocatoria del 23 (“¿y esto qué es? ¿Quién convoca, no está claro?”), o a no aportar nada a otras convocatorias que no sean las de la asamblea, o a distinguir entre el espacio de la asamblea y “ese otro espacio de Internet y los mensajes de móvil”... Y ahí es dónde está todo el tomate ahora. Pero volveremos a ello al final.

Seguir en la calle

Si ha habido una mani que haya salido bien ha sido la del 30 de Septiembre, donde la gente participó de forma anónima y todo el mundo volcó ahí su creatividad, donde desde los contenidos hasta las formas, todo, fue muy potente. Además de la manifestación, organizamos una acampada (que la policía desalojó a las dos de la mañana) en la que hicimos el concierto de un cantautor anónimo que se había acercado a la asamblea, se proyectaron un montón de vídeos, se organizaron talleres, etc. El desalojo se llevó con mucha inteligencia por parte de la gente: no hubo disturbios, se medió con la policía y desde el momento en que nos dieron a elegir entre desalojo y carga, nosotros recogimos las tiendas y nos las llevamos, porque lo importante eran los talleres que habíamos planteado para ese mismo espacio, la Plaza de Cataluña, al día siguiente.

En los talleres se crearon tres grupos con distintos ejes de trabajo y por primera vez comenzamos a hablar de contenidos, a hablar del problema de la vivienda, a ver qué pasaba con todo eso. Había un eje que era “Prácticas posibles” de movilización y de acción. Había otro eje que se dedicaba a pensar los aspectos más legales de la cosa: cómo se puede mediar con los políticos, si es necesario o no, cómo se puede mediar con instituciones, cómo se hacen esas mediaciones y qué experiencias hay. Y finalmente había otro espacio que era “La Burbuja” en el que se pensaba si debemos pinchar la burbuja o si hacerlo es ir contra la gente hipotecada. Todo ello se inauguró con una charla pública. La verdad es que fue una cosa grande, porque los talleres se desarrollaron en Plaza de Cataluña un domingo y la gente iba pasando, se apuntaba a grupos, etc. Se hablaba de desobediencia civil o de huelga de alquileres generalizada con los abueletes de la plaza que estaban en ese momento, con la gente que pasaba, ya no en círculos activistas, en círculos militantes, sino en círculos de gente común de un domingo por la mañana en Plaza de Cataluña y gente que había participado en la manifestación y se vino a los talleres.

Para la manifestación se pidieron permisos, pero para lo demás no. Ése era el riesgo que corríamos. Pero además se habló en la asamblea muy claramente de que, si la policía no nos dejaba organizar los talleres, pasábamos de todo. Porque una de las reflexiones que en Barcelona se tenía todo el rato en la cabeza era que la evolución de Madrid había sido tan distinta por la represión. En el momento en que aparece la represión, toda la parafernalia, la iconografía, la figura militante pasa a primer plano. Y entonces otro tipo de expresiones y otro tipo de prácticas dejan de tener su espacio. Eso es lo queríamos evitar a toda costa y, de hecho, funcionó bastante bien.

La mani supuso otro punto de inflexión, porque, de repente, lo que había sido una cosa espontánea, completamente anónima, etc., se había constituido en una asamblea capaz de realizar 'ésto'. Y, claro, eso cambió las cosas de algún modo. Para bien y para mal. Por un lado, la idea de haber organizado algo así empoderaba, pero por otro nos entró el estrés de la responsabilidad: “coño, la que acabamos de montar”, “esto lo ha montado esta asamblea”. La gente ya estaba con lo de “la asamblea, la asamblea, la asamblea”. “¿Y ahora qué vamos a hacer, qué es lo siguiente? ¡Pues a la cumbre de ministros!”. Pero cancelaron la cumbre de ministros.

Y tuvimos que volver a replantearnos qué hacíamos (a parte de comernos las pegatinas que sacamos para la cumbre, unas 10.000). Es decir, ¿qué podíamos hacer después de una mani como aquella? Reaccionamos creando un acontecimiento, principalmente mediático, pero que se convirtió al final en una concentración en la plaza de Sant Jaume a la que vino mucha gente y en la cual también se produjeron materiales gráficos muy chulos, porque por primera vez organizamos el fotomatón callejero, con los bocadillos. Esto lo estamos repitiendo desde entonces, ya sale autónomamente: la gente se organiza, en grupos de cinco o diez, se pasan por el local, cogen los bocadillos y se van a hacer el fotomatón al Portal del Ángel, al parque de la Ciudadela, a la playa, a donde sea. Las fotos con los bocadillos se suben a la página y si la gente quiere ver su foto para descargarla, ponerla luego como salvapantallas o enviársela a los amigos, tiene que ir a la página de V de Vivienda.

De nuevo, la forma de lo que hacíamos se adaptó a la situación: en esa ocasión no legalizamos nuestra presencia en la calle. Es decir, ese pasar de la legalización a la ilegalidad, o a la desobediencia civil, se da de forma natural, no hay problemas en eso. Normalmente se tiene o una actitud o la otra, pero aquí sin embargo se cambia según nuestras necesidades.

Toda la prensa estaba pendiente de lo que íbamos a hacer. De alguna manera, desde el 14 de mayo, lo cierto es que el problema de la vivienda está en la prensa. Todo el rato. Para bien, para mal, pero todo el rato está ahí. Y, en ese sentido, la comisión de prensa ha sido un grupo de trabajo activísimo. Todo el rato están recibiendo un montón de llamadas, de la prensa, de la tele. Hemos aparecido en muchos programas de la televisión, locales pero también estatales, hemos colado en muchos sitios las fotos con los bocadillos, etc.

Ser o no ser...

Luego, sucedió algo que también fue un punto de inflexión en el movimiento: si ya había empezado a haber dudas dentro de V de Vivienda con la “Plataforma por una Vivienda Digna”, todas esas pequeñas diferencias se hicieron de pronto gigantes. La forma de funcionar de la Plataforma es muy tradicional: con un presidente, un portavoz y una serie de personas en cada una de las ciudades. Es una Plataforma y hacen su labor, pero no se trata de algo abierto. En Barcelona la “Plataforma por una Vivienda Digna” no está activa, hay dos o tres personas, pero siempre que pasaba algo en torno a la vivienda acababa apareciendo el nombre de la “Plataforma por una Vivienda Digna”. Al principio, al no ser un espacio politizado en sí mismo, o no tan politizado o no politizado en el sentido que podemos entender normalmente, en la asamblea no se tenían en cuenta esas cosas. Sobre todo había ganas de sumar, sumar, sumar. No había problemas ni ideológicos ni políticos... se trataba de sumar. Pero hubo un momento en que empezó a hacerse problemático. Había una chica de la “Plataforma por una Vivienda Digna” que venía a nuestra asamblea pero no aportaba nada, no se implicaba en el espacio; asistía únicamente para ver qué estaba sucediendo y poder firmarlo luego como “Plataforma por una Vivienda Digna”. Esto pasaba una y otra vez: en la prensa, en los blogs, etc. La cancelación de la cumbre fue la gota que colmó el vaso: nosotros decidimos hacer una mani legal y nos la tiraron abajo. Entonces decidimos seguir adelante y realizar las actividades de ese día sin legalizar los recorridos ni nada, como os contaba. Y la “Plataforma por una Vivienda Digna” mandó un comunicado a su lista de correos, que es muy grande porque, entre otras cosas, la gente viene a las manis y se apunta a la lista de correos que encuentra y muchas veces es ésa. Lo terrible es que ese día mandaron un mail desconvocando: “es una manifestación ilegal, que no acuda nadie”. Y, claro, eso provocó una ruptura, una escisión tal que comenzamos a tener debates sobre nuestra propia identidad, debates constitutivos. Por ejemplo, el que tuvo lugar en relación al adjetivo 'digna': sobre si debíamos seguir usando la palabra 'digna', sobre cómo romper entonces la asociación inevitable con la Plataforma, etc. Y todo eso, que en principio nadie tenía interés en discutirlo porque era verdaderamente caer en la pelea política, pues lo discutimos, aunque también hay que decir que sin muchos problemas: la gente empezó a utilizar más vivienda y menos digna, si hay que nombrar nos volcamos en la V de Vivienda, etc.

Vieja y nueva politización

Después de la Cumbre pasó algo curioso: el mayor congreso de inmobiliarias que existe en Europa se junta en Barcelona todos los años y determinados movimientos sociales se organizan para contestarlo con eslóganes como “no a la especulación”, “okupa tú también” y ese tipo de consignas. Este año, gentes de otros ámbitos que habían estado en las movilizaciones de la vivienda se apuntaron espontáneamente a participar en ese espacio, porque al fin y al cabo se trataba de la cumbre europea de inmobiliarias. Pero esa convocatoria, pese a que también desde V de Vivienda se intentó mover todo lo posible, no tuvo éxito. Es cierto que fue diferente a otros años: hubo más gente, y gente con otras formas de hacer, no sólo activistas. Lo que hizo V de Vivienda fue bloquear la puerta donde se realizaba el encuentro, de tal forma que la prensa que cubría el acto estuvo todo el día viendo las pancartas-bocadillos que llevábamos con los lemas que sacamos en todas las movilizaciones y las acciones. Pero la manifestación en sí misma se vivió un poco como fracaso, como cierto “bajón” con respecto a lo otro: visto desde la gente que podíamos conocer más eso, había una vuelta a la identidad, a la ideología, al activismo. Desde la perspectiva de quien no lo conocía había una extrañeza ante la diferencia de ambientes: no se entendía el cambio tan fuerte. La diferencia se notaba prácticamente en todo: en la actitud de la gente y de la manifestación, más de combate y de enfrentamiento con la policía, también en los eslóganes que se utilizaban, en las maneras de funcionar, los códigos, etc.

V de Vivienda en la ONU

Alguna gente que lleva trabajando en el tema de la vivienda bastante tiempo y tiene contactos con ONG’s, nos pasó la información de que desde el Ministerio de la Vivienda se estaba paralizando y retrasando la visita del relator de vivienda de la ONU y se llevaba retrasando unos seis meses, justamente desde el 14 de mayo. Cuando finalmente vino a España, aprovechamos la ocasión y montamos una asamblea popular con él. Vino mucha gente a verle. Le pasamos los vídeos, se hizo un micro abierto y el hombre escuchó los relatos de gente de todo tipo hablando de cómo no llega a fin de mes. Le contamos todo lo que estaba sucediendo y se quedó alucinado, le pareció increíble la situación y tuvo mucha repercusión en prensa y demás. Digo esto porque de alguna forma es una actuación en otro terreno totalmente distinto, quizá más basado en la creencia de una posible intervención en lo institucional. Acabó diciendo que él legitimaba la okupación en una situación de extrema urgencia como la que se estaba viviendo en este país. Le hicimos una foto con el cartel de “no tendrás casa en la puta vida”, lo colgamos en Internet y se replicó hasta el punto de que la mismísima ONU nos escribió pidiendo que retirásemos esa foto. Pero el propio relator contestó que de retirarla nada, que él era consciente de lo que pone en la pancarta y que esa situación había que cambiarla. En cualquier caso lo que significa esto es que están sucediendo cosas nuevas.


... esa es la cuestión


Para la mani del 23 de diciembre hemos decidido sacar los mismos carteles de “No tendrás casa en la puta vida”, pero en versión navideña, con bordes dorados y aquello de “no vamos a volver a casa por navidad porque no nos hemos ido”. Sin embargo, esta convocatoria se está viviendo de manera conflictiva y el punto de partida de la discusión es la identidad. Hay gente que piensa que es una convocatoria anónima y que por tanto no debemos secundarla; otra gente dice que precisamente por ser anónima, debemos secundarla; otros dicen que si participamos dejaría de ser anónima y pasaría a ser de V de Vivienda; y hay gente que piensa que si vamos y la animamos, pues mejor que mejor.

A partir de esto hemos tenido asambleas muy tensas: “¿Por qué el 14 de mayo salimos a la calle y de hecho, pudimos conocernos tú y yo, y el resto, y ahora no?” A lo que se contesta que la diferencia es que el 14 no había asambleas. El problema es que hay gente que piensa la asamblea como una instancia identitaria del tipo: “ahora somos la asamblea”. Pero no está claro dónde acaba y dónde empieza la asamblea, porque ¿cuándo comienza alguien a ser de la asamblea en una asamblea en la que todas las semanas aparece gente nueva? ¿Y qué es lo que forma la asamblea, el espacio semanal de reunión o también todos los foros y las discusiones de Internet? Para estas preguntas no hay respuestas claras: cuando se plantea la pregunta, se dice que V de Vivienda es “esto” (señalando alrededor), pero, y esas cuatro personas que acaban de entrar, que son nuevas, ¿ya son V de Vivienda? ¿cuándo comienzan exactamente a ser V de Vivienda? Y ahí aparecen los conflictos, porque para mucha gente la asamblea ha supuesto construir una identidad fuerte y ahora hay miedo a perderla. En este sentido, volver a un hipotético 14 de mayo sería perder la fuerza acumulada, volver al punto de partida que desde su interpretación es un punto más débil. Se llegó a pensar incluso que no había que ir a la convocatoria del 23 y decíamos: “vale, decidimos que no hay que ir, ahora bien, ¿tú vas a ir?”, respuesta: “¡claro!”, “¿y tú vas a ir?” “¡claro!”, “¿y entonces no será que todos vamos a ir?” “¿y si todos vamos a ir cómo no vamos a ir?”. La respuesta: “vamos a ir individualmente, pero no como asamblea”.

Esta situación paradójica ha dado lugar a muchas discusiones, finalmente la cosa evolucionó y decidimos por votación que sí vamos, pero que no aportamos nuestro potencial. Porque aportarlo supondría “fagocitar” la convocatoria, que es justo -se nos dice- lo que se supone que no queremos los partidarios de la convocatoria descentralizada, abierta y anónima del 23. Ante este problema la respuesta para mí es que esta asamblea también es anónima, que no hay una definición, que estamos construyendo una frontera imaginaria que en realidad no existe. Lo que hay en juego aquí es la identidad que hemos construido nosotros mismos, qué es V de Vivienda, cómo vivimos eso y si esto es ya lo que hemos constituido o por el contrario es algo que acaba de nacer, que quedará cuestionado el propio 23 de diciembre por otra mucha gente anónima que saldrá a la calle igual que salimos nosotros el 14 de mayo. Para un sector la postura está clara y espera que el 23 pase, que no afecte mucho a V de Vivienda, que quien quiera vaya a nivel individual, que la V de Vivienda no tendría por qué estar ahí y que la asamblea debe seguir por otro lado su curso para organizar una manifestación “bien hecha”, no anónima y que supuestamente será la manifestación que la gente reconocerá como ese referente que hemos construido y llamado V de Vivienda, donde se podrá volcar todo ese potencial. Mientras, paradójicamente, no dejan de abrirse todos los días nuevos sitios webs, nuevos foros, con la firma de V de Vivienda y a todo el mundo le parece estupendo. Yo creo que los propios acontecimientos van a desbordar todos estos debates y esta identidad, esta referencia que nosotros mismos hemos construido con el camino andado durante todos estos meses.”

Ese 23 de diciembre fue la manifestación hasta el momento más multitudinaria, diversa y plural de la V de Vivienda en Barcelona. De nuevo, y todavía con más fuerza, el espíritu anónimo y "conectado" del 14 de mayo volvió a la calle, incorporando muchos de los saberes y prácticas que en todos estos meses se han ido desarrollando en las sentadas, en las manifestaciones y en internet. Por las calles de Madrid y otras veinte ciudades españolas se manifestaron también miles de personas.


Fin del tercer post. Próximamente el cuarto, “V de Vivienda 2.0.”.

Grupo 47

Si te has perdido alguno de los dos anteriores, puedes encontrarlos aquí


Este artículo ha sido publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-NoComercial SinObraDerivada 2.5.
Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.

Añadir comentario

Añadir comentario
 authimage