Martes, Junio 20, 2006

La función del arte y el arte que funciona

Texto recién salido del horno.

Un intento por ir despejando el paso a esas prácticas culturales que se enfrentan, desde una apuesta por la producción colectiva y cooperativa, a todos los cotos privados que encierran, bajo la llave de la propiedad intelectual, a toda producción cultural contemporánea.

Espero que lo disfrutéis.

A poco que hayamos recorrido algún pasillo de museo o charlado un rato con algún artista o comisario (de esos que se llaman curator); a poco que hayamos entrado en una galería de arte, asistido a una inauguración de alguna exposición cualquiera o participado en un simposio, conferencia o mesa redonda sobre arte contemporáneo, sin duda habremos escuchado muchas veces una palabra que parece ser la solución a muchos de los interrogantes que surgen con frecuencia en cada uno de esos espacios. La palabra en cuestión es: “funciona”.
Pero, ¿a qué se refieren exactamente cuando dicen “funciona”?, ¿en qué escala de valores —o de lo que sea— se mide ese “funciona”? y, lo que es más importante, ¿qué es lo que “funciona”?



I) ¿Es el autor lo que funciona?

Como todo el mundo sabe, la idea de «autor» (o artista) que hoy manejamos surge a consecuencia de la larga cadena de metamorfosis que introduce la imprenta y la economía de mercado en el mundo moderno. Desde entonces, dentro de este término caben cuestiones como la de una individualidad que ha producido solitariamente y que vende lo que ha hecho, lo que sale de sí mismo, y que procura lucrarse con ello; o sea, insertarlo en las leyes del intercambio mercantil.
Desde que la creación se hace producción, surge la necesidad de elaborar objetos culturales presididos por una concepción contable (mayores ingresos que gastos), lo que convierte a dichos objetos en mercancías cuya finalidad es el intercambio en el mercado. Eso hace que la culturización o la difusión del material cultural quede supeditada a la rentabilización de capitales, a la amortización de la inversión inicial, al criterio último de coste frente a beneficio.
Esta manera se consolida allá por el siglo XIX y todavía hoy toda forma de producción (también la cultural) que rechace frontalmente la apropiación privada de las fuentes de innovación y que se declare partidario de un ciclo de producción totalmente cooperativo lo tiene difícil para sobrevivir, o sea, que, aparentemente, no funciona.

Parece que el método más reivindicado en la producción cultural ha sido la invención personal, denostando y malversando durante siglos el valor intrínseco de la copia. Sin embargo, otra ojeada a la historia nos demuestra que la copia entendida como recombinación, hibridación y mestizaje ha sido la técnica de producción cultural más frecuentada y empleada desde el principio de los tiempos. El reutilizar o reciclar discursos, ideas o imágenes ajenas ha sido denigrado desde la Ilustración y el Romanticismo pero, anteriormente, estuvo bien visto. Más aún, se consideraba que contribuía a una distribución eficiente de las ideas, ya que el arte (precapitalista) se entendía como imitación. La función de la copia ha sido durante mucho tiempo devaluada por una “ideología” anclada en dudosos conceptos románticos de originalidad, genialidad y autoría. La noción de «autor» aparece entonces como todo un fetiche, una ficción útil, que tiene una utilidad y funcionalidad concretas en la historia de la producción cultural moderna y que entronca con la capitalización simbólica de los bienes culturales en los mercados de consumo modernos.
Desde entonces, ésta parece ser la única producción cultural que realmente funciona.
Para nosotros, la creación, el arte, la cultura o como quiera que le llamemos, al igual que la intervención política en sentido propio no es —o no debería ser— simplemente algo que “funciona” en el contexto de las relaciones existentes, sino precisamente aquello susceptible de modificar el contexto que determina el funcionamiento de las cosas.

Muchas veces decir que las buenas ideas son las que “funcionan” significa aceptar a priori esa verdad global capitalista que ante todo establece qué puede funcionar: si, por ejemplo, se gasta demasiado dinero en educación o sanidad, entonces “no funciona” porque se violan demasiadas de las condiciones que determinan el beneficio capitalista.


II) ¿Es lo nuevo lo que funciona?. (Novedades en la innovación)

Hace ya mucho tiempo alguien dejó escrito algo así como que una de las diferencias entre fascismo y comunismo radicaba en que el primero estetizaba la política y el segundo politizaba el arte. Como decimos, eso fue hace mucho tiempo, setenta años exactamente, y qué importa quién lo dijera, eso es lo de menos.
La Guerra Civil española estaba a punto de comenzar y tras ella la Segunda Guerra Mundial. Los fascismos se hacían fuertes en toda Europa, el arte, por su parte, abandonaba el campo de la creación a su naufragio y se perdía en la autorreferencialidad y en esa doble separación entre el objeto y el artista por un lado y entre el artista y el espectador por otro, una separación que lo dejaba a él mismo y a su promesa de libertad y de otro mundo mejor, atrapados en los rituales de la reproducción de objetos y en la expresión del artista como genio creador.

Esos eran otros tiempos.
Tiempos de producción y de «fuerza de trabajo», tiempos en los que el trabajo generaba una identidad y esa identidad una práctica política. Tiempos en los que, para bien y para mal, crear o producir se hacía pensando en cambiar el mundo. Esto último que acabamos de decir es muy importante, ya que, precisamente ahí, en las diferencias a la hora de imaginar ese cambio de mundo posible mediante la producción, se escondía el germen que provocó todas las guerras que marcaron esos otros tiempos, todas las guerras que tanto dolor produjeron, todos los conflictos bélicos que no pudimos evitar.

Ayer un empresario cualquiera podía mantener su statu gracias a la creencia más o menos fundada de que era él quien “había tenido la idea”, él era el “innovador” y la empresa la firma ligada a esa innovación. Hoy sólo podría causarnos risa escuchar a alguien decir que esto o aquello “me lo he inventado yo”; hoy «lo innovador» en la producción se encuentra, precisamente, en el lado opuesto; el capitalismo de nuestros días ha aprendido que “las estrategias colaboradoras potencian la captación de nuevos colaboradores”.y que es de ahí de donde surgen las ideas que tanto valor generan, las ideas que, de algún modo, sí que funcionan, Connecting people —anuncia «Nokia».
Tal vez sea por eso por lo que hoy también se habla tanto de “capitalismo cognitivo”, esta “nueva” forma de acumulación en la cual el conocimiento ha de ponerse a trabajar para ser convertido en valor.
Como veremos a continuación, este «capitalismo cognitivo» es fácil de entender, pero no es tan fácil llevarlo a la práctica; es decir: hacer que funcione.


III) O…¿es la propiedad lo que funciona?

La popularización de los últimos avances tecnológicos viene con fuerza a cuestionar la propiedad intelectual y hace aflorar el debate de su pertinencia y relevancia.
Hoy la copia digital repetida indefinidamente ni rebaja, ni perturba el contenido de lo que circula. De esta forma, parece ser que más que morir como pronosticaban Foucault o Barthes, el autor ha ido convirtiéndose en un agregado abstracto cuya funcionalidad puede cada vez menos reducirse a una personalidad biológica o psicológica. Es como si el autor esté sencillamente dejando de funcionar,

“La grabación a gran escala transforma una obra única y casi ritual en un bien accesible a todo el mundo”, eso decía el mismo que dijo lo de la política estetizada y el arte politizado. La copia democratiza la creación, elimina a los genios y, si no hay genios, tampoco hay “propietarios”, hay sólo intercambio y reutilización de las ideas, es decir “mejora”.

Y aquí aparece una fuerte contradicción difícil de resolver por el capitalismo: por un lado, la producción más allá del autor, la producción cooperativa, abierta, “libre”, produce, hoy por hoy, mucha más riqueza de lo que ningún otro modo de producción consiguió jamás antes; pero, por otro lado, si la producción se realiza de esta manera, la dificultad para dominar mediante la propiedad el producto obtenido se acentúa también como nunca antes lo había hecho.
La violencia con la que hoy se aplican las políticas restrictivas en relación a la copia y a las creaciones derivadas; la invención de ese nuevo espacio criminal que se ha dado en llamar “piratería intelectual”; la formación de nuevos monopolios en el dominio de la salud y de la alimentación y la modificación de la norma jurídica en materia de patentes y derechos de autor, son simplemente las marcas de superficie de que algo va mal con respecto a este específico campo del business.

El saber que la larga historia de la subversión no es otra cosa que la historia del encuentro entre realidad y deseo, entre las condiciones de dominio que aseguraban la subordinación de los cuerpos y los cerebros y los procesos de subjetivación que anunciaban las líneas de fuga y resistencia de esas mismas condiciones, debe ayudarnos a no interpretar la sumisión a la lógica capitalista de la forma de la cooperación y del “valor de uso” únicamente como una supresión de la autonomía y la independencia de su constitución y su sentido. Por el contrario, este nuevo fenómeno puede abrir —y de hecho ya está abriendo— antagonismos capaces de atravesar y modificar tangencialmente todo proceso artístico contemporáneo.

Nadie puede negar que el valor estético hoy se convierte en uno de los elementos fundamentales y estimuladores del deseo de producción y del deseo de consumir; toda la producción audiovisual comercial, la publicidad y sus “blancos”, son los ejemplos propios de la integración de la creación en la producción, y aún así gran parte de ese mundo conocido como mundo-del-arte continúa parapetado bajo la estrategia de la “excepción cultural”, esa que presupone una diferencia cualitativa entre trabajo industrial y trabajo artístico; esto es, entre trabajo y arte, y ello aunque ya haga más de un siglo que sabemos que la creación artística, la producción cultural en general, está subordinada a la producción económica.
Mantener tal posición en nuestros días, días en los que el trabajo artístico tiende a convertirse, como decimos, en uno de los modelos hegemónicos de la producción de la riqueza, es, cuando menos, hipócrita y significa aceptar las estrategias de dominación que el capitalismo tardío impone.
Hoy el arte, como el trabajo, se han transformado en uno solo con la vida: para lo bueno y para la malo. Así es, y desde esta unívoca perspectiva debemos afrontarlo si queremos que el arte tenga otra función que la meramente económica.


Leónidas Martín Saura
(leodecerca@sindominio.net)

Texto licenciado bajo Creative Commons
Atribución-No Comercial- Compartir Igual.
consulta aquí esta licencia

Añadir comentario

Añadir comentario
 authimage