Primero, fue por la vista:
Se
enamoró de sus ligas. Cómo era posible que una camarera llevase esa
prenda de vestir y además en un bar como aquel. La habló, la llevó a
casa y enseguida la convirtió en su esclava.
Segundo, fue por el gusto:
Una
vivía en Roma, la otra en Barcelona, y sólo se vieron un par de veces
más. A cada visita la esperaba en el aeropuerto, con una cesta llenas
finos dulces que cocinaba ella misma.
Tercero, fue por la disciplina:
En
el siguiente viaje a Italia fueron a una pequeña casa de su familia en
los Apeninos. Ella la zurraba duro y largo. Luego se tomaba la cena
sobre la espalda de ella. Probaba tranquila, el maravilloso resultado
de horas y horas de cocina con las que su esclava la obsequiaba, y
contemplaba el atardecer sobre el cuerpo de su amada a cuatro patas.
Me lo contó, ella, hace unos meses en la puerta del Museo del Prado.
D.
La foto es de Julius Von Der Pahlen





