¡lechuginos!

Llevo masturbándome desde los 3 años. Los curas decían que era una cárcel para la mente, un chasquido contra Dios, un paso hacia la muerte prematura, unos barrotes para la sensibilidad, el último peldaño hacia el enanismo y el metabolismo compulsivo. Llevo masturbándome desde que tengo uso de razón. Y tras una primera fase pornolábica, en la que buscamos un porno guerrillero, un himno de hermandad bonóbica, una garbanzada general en la tierra de lesbos, me he dado cuenta que me gustan las cum shot films. ¡AAAARRGGGHHH! ¡SATAN!  

Me encanta ver a jovencitas con sus rostros lechados, imitando galaxias informes, suspirando por la fuente de la vida, regresando al estado de cordón umbilical. Entonces dejé de militar en pornolab. Asumí mi caspa machosa. ¡Era un lechugino! (dícese del que sueña con lechar a la vecinita del quinto). Asumí que esto de la revolución en el porno debe pasar por armonizar las leyes de la selva psicológica y las pulsiones ocultas: que no me vale con decir esto es denigrante, esto es un insulto a la VER-DA-DE-RA SE-XUA-LI-DAD. Quizás encontremos un hibrido en esta nueva etapa: porque de esto se trata y tratará siempre pornolab. No hay ley, no hay dios, no hay amo. No hay machismo. No hay femenismo. Sólo tú, yo, la cornisa de unas sábanas y el vértigo de intentar explicarnos a nosotros mismos.

De la Pajilla a Metapornosis aka Meta