Este texto de Elisa, no se sí es casí, un verdadero nuevo manifiesto Pornolab.org... Pero sin duda, es sublime:
K.O.
Algo pasó el 10 de julio, noche de La Revuelta Obscena I.
Algo me pasó. Fue como si en medio de esa tormenta de orgasmos
catódicos se encendiese un interruptor y de pronto mis ojos pudieran
constatar que el espacio que mi imaginación, mi instinto y mi propio
sentido común habían intuido era real. Esas cosas “raras” que hacía en
Lima: intentar follarme a mis amigos gays, intentar convertirme en uno
de ellos, no
bajar la voz para hablar de polvos ocasionales, ni disimular mi avidez
sexual, negarme a que me categoricen como lesbiana o bisexual por
haberme acostado con un par de chicas, o como heterosexual por haberme
acostado con cincuenta chicos... iban todas hacia la misma dirección,
una dirección por supuesto política. Yo fui queer y no lo sabía.
Digo que fui queer porque ya no considero que la teoría sea capaz de abarcar la singularidad y a veces llana simplicidad humana. Creo que son los actos y el modo en el que conducimos nuestras vidas lo que nos define. Las cosas que rechazamos, las cosas que aceptamos meneando la cola como cachorritos. O quizá ni siquiera eso. Cada vez que intento presentarme o definirme acabo haciendo bromas o contando mentiras, porque, si de algo estoy convencida, es que todo es 100% ficción. En el perfil de mi blog dice que soy “un boxeador atrapado en el cuerpo de Blancanieves”, es lo más parecido a una verdad que he dicho sobre mí misma. No tiene trampa. Soy el clásico bicho que no esquiva los golpes, el boxeador que espera a que su contrincante no pueda más de cansancio para asestar un derechazo. Esta fue mi actitud en Lima, siempre: algo que andaba entre fascinación y soberbia ante la incomprensión traducida en marginación y castigo. Ahora que me encuentro frente a tanta gente que desde tan joven convirtió su cuerpo en un arma política me pregunto si hice bien en mantenerme al margen del arte y el activismo, pero creo que sí, porque antes de responder hay que escuchar, aunque se trate de insultos o de mentiras.
Yo tendía a ser una freak casi asexual hasta los 16 años, en que las hormonas hicieron CATAPUM, pero las cosas no se dieron así. Si bien hasta los seis o siete años una de las actividades favoritas era auscultar debajo de las camisetas de las compañeras de curso en la escuela rural a donde asistía en el Cuzco, no recuerdo un interés mayor que ese en definir conductas sexuales ni curiosidades eróticas. Cuando volvimos a vivir a la capital todo cambió. Lima era una ciudad hostil, dentro y fuera de las casas. Del Valle Sagrado, pasamos de pronto a la caótica Avenida El Ejercito, en donde no sé cuántos vendedores ambulantes y cobradores de autobús eran atropellados al día y cuyo principal emblema era un cartel, en la entrada del Cuartel General del Ejercito en el que se podía leer bien clarito “NO DETENERSE, ORDEN DE DISPARAR”.
En casa de mi madre teníamos una empleada con “cama adentro”, es decir, una chica menor de edad que vivía en nuestras casa con el único objeto de servirnos 24 horas al día. Ella dormía en una habitación oscura y apartada. Mi padrastro trabajaba, mi madre también. Los diputados y militares acribillados en las puertas de sus casas que parecían en televisión y la música chicha de la doméstica eran nuestros únicos referentes del país en el que vivíamos aparte del colegio, puesto que la calle era demasiado peligrosa para jugar y en cualquier momento se iba la electricidad por los apagones. Éramos una familia promedio. Luego mi padre biológico regresó de uno de sus fantásticos periplos por el mundo y con él mi nueva familia temporal postiza. Entonces llegó mi primer encuentro con el mundo del macho, que era mi hermanastro mayor. Él captó de inmediato mi desesperada necesidad de atención y la utilizó para satisfacer su precoz ansia pedofilica. Yo tenía unos ocho años, el unos diecisiete (¿?). De esta compleja experiencia, cuyo mérito e iniciativa le cedo por completo, recupero dos cosas que sin duda a alguna le causarán más que sospechas. Una es que, aunque tenga todo el aspecto de tratarse de una consideración a posteriori, yo sentía lástima por él. La otra, que de algún modo creía que mi dolor podía curarle de esta especie de descontrol que se apoderaba de él llevándolo hasta el punto de violentar a una persona que le quería. Más mierda católica. El infeliz tenía una noviecita, una familia, una educación: sabía perfectamente que lo que hacía estaba mal.
Vuelvo a citar a Virginie Despentes, “se diría que los machos casi tienen una sensibilidad olfativa especial para detectar a una fémina violada” dice. Sea así o no, desde entonces me vi acumulando vivencias semejantes. Una mínima a los 13, con el cura de la parroquia y otra más bien brutal, a los 17 con un amigo de mi novio de entonces. Lo que pasó con mi hermanastro sólo se lo comenté a mi hermana menor, en calidad de secreto. Obviamente lo siguiente que esta hizo fue correr a decírselo a nuestro padre. Su reacción fue genial. Me llamo al frente de los demás miembros de esta familia impuesta a que repita lo que le había confesado a mi hermana. Por supuesto me retracté y el tema no pasó más halla del catálogo de traumas que me he pasado los años consecutivos intentando resolver. Lo que pasó con el cura se lo comenté con cierto temor a mi madre, quien reaccionó más preocupada de que mi fe católica fuera puesta en peligro que por mi integridad en cualquier otro sentido. El último asunto no se lo conté ni a mi gato y por cuestión de salud mental decidí en definitiva no más pensar en esas cosas. Pero todos sabemos que eso no es posible, principalmente porque todo en esta sociedad te recuerda cuál es el rol que le corresponde a una mujer violada: la reclusión, el luto, la autodestrucción. Nunca he visto una campaña social que diga: “¡Mujer violada, ve y cómete el mundo. Estás viva!” Lo que nos dicen es que el sexo se ensucia y se gasta según te lo tocan y que el día que llegue el Príncipe Azul ya no tendrás nada para darle. Lo que estoy tratando de decir es que lo peor de una violación es lo que viene después, viene cuando te enteras de que la culpa no viene de dentro sino que algo allí afuera te obliga a aprehenderla.
Pasados los años pensé en buscar a estos sujetos, cuando todavía me hubiera sido factible encontrarlos, pero no tardé en descartar la idea. Para qué. De qué hubiera servido enfrentarme a ellos, encararlos o incluso intentar agredirlos. Es algo que me resulta difícil de explicar, la única revancha que yo ansiaba era la de la liberación de esa especie de mácula que yo casi podía percibir en mi pellejo todos los días y que unas veces tomaba forma de desconfianza en las personas y otras, de desprecio hacía mí misma. Lo que deseaba era encontrar la fuerza para no lanzarme de bruces contra el suelo de los bares cada noche que salía de farra o la determinación glacial para de una vez por todas autoeliminarme. Y eso no lo iba a conseguir de estos individuos. Intenté hablar de todo esto en terapia, pero no le encontraba sentido alguno. Apenas estaba por enunciar la palabra “violación” me asaltaba la certeza de estar vendiéndome barata a otra trampa, a la trampa de la redención. El precio debía de ser el retraimiento, la renuncia al placer, cosas así.
Yo me curé de esa culpa inoculada de otro modo. Podría decirse que yo me curé follando. Lo que restaba de virginidad en mí fue una especie de lastre del que quise deshacerme lo antes posible y como modo de afirmación en sí misma. No haber tenido sexo consensuado no me hacía sentir orgullosa, sino obstaculizada. No me interesa en absoluto justificarme pero soy consciente de que lo mío pasaba por una especie de acción reapropiativa de mi cuerpo y mi sexualidad. Casi diría que mis compañeros durante un tiempo no fueron prioritarios, sino casi un instrumento de autoexploración del complejo vínculo entre mi piel, mis emociones y mi intelecto. En suma, reconozco que fui una adolescente bastante viciosa y que nunca fue algo que me causara vergüenza, aunque algunas compañeras y compañeros del colegio me recordaran constantemente que a ellos les parecía que debería andar con la cabeza gacha o autoflagelándome. A mí la desaprobación y el anatema me importaban más bien poco, pero no conseguía dejar de experimentar cierta perplejidad ante formas que mis supuestos pares tenían de ejercer la violencia, justificados en una especie de superioridad moral del contenido o del/la pajerx.
Durante una época el desparpajo se llegó a convertir en una especie de estandarte para mí. No hacía ni el más mínimo amague de disimular mis aventurillas, todas bastante convencionales, por cierto. Pero nada de eso iba a ser gratis. Uno viene arrastrando ciertos traumas, hondas inseguridades y sobretodo montones de prejuicios aprendidos. Recuerdo con asombrosa nitidez el día en que el director de mi colegio, una de las personas más lúcidas que he conocido, me convocó para una charla. Estaba preocupado, no quería que me convierta en “la chica fácil de la clase”, no porque él creyera en semejante categoría, sino porque seguramente pensaba que ésta existía y que acomodarme dentro de ella acarreaba el riesgo de una serie de deformaciones y dificultades en el desarrollo de mi autoestima o de mi vida emocional. Al menos así lo entiendo ahora que miro hacia atrás. Si era ésta la intención de sus palabras, debo decir que concuerdo con ellas. Concuerdo en el sentido en el que esas categorías existen en la mente de alguna gentuza y agrego que las mismas deberían ser de una vez por todas barridas de la faz de nuestro imaginario erótico y social. Luego atravesé por una época de obscurantismo en la que me busqué un novio fijo y me aprendí de memoria el guión de la ramera redimida. Salía poco, bajaba la mirada como un perrillo apaleado y mis ex compañeras de clase parecían encantadas de verme en ese estado de apocamiento e indignidad. Atroz. Claro está que aquello no podía prolongarse demasiado tiempo. Lo que había que hacer era tan simple como tomar distancia de esta gente con vocación fiscal. Y eso fue lo que hice. Anduve por aquí y por allá, conocí gente, me drogué y escribí un par de cosas, lo que consecuentemente derivó en un amplio inventario de experiencias. Pero lo mío fue siempre un viaje más o menos solitario. Hasta que conocí a I. I no sólo había pasado por toda clase de cuestionamientos de su género, sino que fue el primer novio que quiso compartir todo el espectro de su interés erótico conmigo. Tenía una nutrida colección de porno, la cuál revisamos juntos de cabo a rabo hasta que yo era tan capaz como él de reconocer a Belladona o Rocco Sifredi tan sólo con mirarles el culo. Ingenua de mí, desdichada ciudad, era lo más cercano a haber sido tratada como un par por un compañero de cama. Nada de esto podía continuar, así que me vive a vivir a Madrid, pero la inquietud en relación a los códigos de conducta eróticos en Lima no solo no me abandona sino que se hace más y más potente. Me viene a la memoria la acción que realizó Natalia Iguiñiz, su famosa y malinterpretada Habla Perra, y pensaba en su trabajo La Otra sobre la figura de la empleada doméstica y pienso que hasta el día de hoy, por ahí van los tiros. Es cierto que en el Perú existen mujeres que aparentemente gozan y se ganan la vida reafirmándose como entes eróticos, pero luego resulta que escarbando un poquito siempre aparece un marido, un padre, un manager, un chulo detrás. Y estos son los que se llevan la pasta, estos son los que tienen el poder de los contratos, estos son los que dicen sí y los que dicen no.
Las piezas del rompecabezas empiezan a ponerse más o menos en orden. No se trata de casos individuales, no se trata de mí, no de la vedette explotada ni del ama de casa que en su vida ha experimentado un orgasmo. Se trata de lo estandarizado imponiendo su rigidez sobre lo particular, de modelos únicos en vez de espacio compartidos, de yo por encima de ti y de ti aplastado. Se trata, en efecto, de un sistema abusivo al que le resulta conveniente ponernos etiquetas y compartimentarnos. Los gays y las lesbianas por un lado, los heteros por otro, cada uno en su bar y con sus programas de televisión ad hoc. El problema en Lima no es el machismo o el racismo llanamente, el problema es que hay un sistema que quiere convertir a los cuerpos de los ciudadanos en meros receptáculos de bienes de consumo.
Lo que rescato de la teoría queer es que explica de modo muy didáctico cómo es que ni los cuerpos, ni el género son algo estanco, sustancial. Si aplicamos esto a nuestras ciudades y nuestro poder de actuación en ellas, vamos por buen camino. Es lo mismo que rescato del punk, el Do It Yourself.
Como decía hace unos cuantos párrafos, he escuchado mucho, he leído los creativos anónimos en el baño de hombres de mis colegas de la Sección de Deportes cuando trabajaba en el Comercio y los que alguno se afana por hacerme llegar a este blog. Finalmente es mi turno de hablar:
-me cago en la iglesia.
-me cago en el racismo hipócrita y conveniente que despiden como un olor fétido las habitaciones matrimoniales de la clase media limeña.
-me cago en las mujeres que son cómplices de estigmatizar a otras y en las que se aseguran una pensión vitalicia vía contrato matrimonial y despotrican de aquellas que lo hacen de manera más honesta: en la calle.
-me cago en el machismo que infundió fuerza y precisión en los puños del par de gusanos que se animaron a pegarme. Y sobretodo:
-me cago en los que mandan, aunque los hayamos votado nosotros…porque la elección siempre está entre votar por un subnormal, por un corrupto o coger un puñado de TNT y poner tu nombre en las lista de “Más buscados”.
Pero no, es lo que pienso cuando leo a Virginie Despentes, a quien admiro. Disiento en proponer la violencia como gesto performativo y finalmente político. Creo que es un impulso coherente con la brutalidad a la que nos tienen acostumbrados, pero al formar parte de una generación acorralada durante más de diez años entre el ejército peruano y Sendero Luminoso, me parece que paso. De momento La Revuelta Obscena es parte de mi venganza. No se engañen cuando me vean por la calle, tengo pene, soy más fuerte que una cucaracha posnuclear: el cuadrilátero es mío y en él mando yo.Dedicado a Tina.




