Euskal Herria se mantiene viva gracias a que ha sabido resistir a los diferentes imperios que le han amenazado a lo largo de la historia. Pero la supervivencia de nuestro pueblo se ve hoy en peligro por la imposición de un modo de vida ajeno de la mano del imperialismo capitalista universal. Este nos trae un modelo social energívoro, depredador y violento que coloniza nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra identidad y nuestras mentes. Las grandes infraestructuras de transporte son su máximo exponente. Por ello es imprescindible luchar tanto contra ellas como a favor de un cambio de modelo social desde la raíz.


Nuestro pueblo se va haciendo totalmente dependiente de los productos que tras haber viajado miles de kilómetros llegan a nuestro frigos y armarios. Estos productos suelen ser más baratos que los locales porque en su precio no viene incluido el coste humano y ecológico que se dan en su elaboración y porque su transporte es casi tirado. Tampoco se refleja en sus etiquetas la destrucción de puestos de trabajo y modos de vida autóctonos. En este contexto la soberanía alimentaria y económica son inviables. Nuestra seguridad alimentaria pende de hilos movidos en la lejanía.


Un sinfín de infraestructuras de transporte amenazan con devastar nuestro territorio. Autovías y autopistas, corredores y plataformas logísticas e intermodales, térmicas, incineradoras, superpuertos, autovías marítimas, la eurociudad Bayona-Donostia y el tren de alta velocidad van a convertir Euskal Herria en un pasillo destinado al transporte rápido internacional de mercancías. La independencia política también es inviable en este contexto. Han sido las grandes multinacionales como la Nestlé, la Shell la British Petroleum, la Renault, etc.. las que, agrupadas en la Mesa Redonda de Industriales han decidido los miles de kilómetros de infraestructuras que hay que hacer en Europa . Sus criterios han sido sus intereses económicos. Estas decisiones en ningún momento han sido tomadas soberanamente por nuestro pueblo.


Esta ordenación territorial impuesta acerca lo lejano y aleja lo cercano. Todo está encaminado en teoría a ahorrar tiempo pero éste sin cesar se escurre de las manos. El desplazamiento forzoso para ir del trabajo a la escuela, de casa al trabajo, de éste al centro comercial, y de aquí de nuevo a casa, nos obliga a estar en continuo movimiento y a no echar raíces en ningún sitio. Esto incrementa el aislamiento de las personas y empobrece la reflexión, la cultura, la comunicación y las relaciones humanas. Cuando una comunidad pierde la identidad colectiva, el egoísmo sustituye a la solidaridad, el individualismo a la cooperación y la sociedad se desintegra. En estas condiciones es casi imposible mantener una identidad como pueblo.


Una de los argumentos más recurrentes en defensa del TAV es que aliviará el transporte de mercancías por carretera. El año 2.000 atravesaron Irun y la Junquera 140 millones de toneladas de mercancías; el año 2.020 se prevé que sean 280 millones de toneladas. Por lo tanto, el TAV no viene para reducir el tráfico, sino para aumentarlo.


Todo este sin sentido se hace en nombre del crecimiento económico. Pero éste no es ni gratuito ni ilimitado. Por el contrario, tiene sus repercusiones y deja su huella. Cada habitante de Euskal Herria consumimos el equivalente a 4.66 hectáreas, cuando lo que nos corresponde son 1.9. A esto se le llama huella ecolócogica. Esto tiene su reflejo en que un norteamericano consume lo de 2 europeos, 55 hindús, 168 tanzanas, y 900 nepalíes. Los índices macroeconómicos no suelen reflejar la huella ecológica. Si así lo hicieran veríamos que este sistema económico además de no ser rentable, es tremendamente violento.


Nuestro consumo también lo es. La proliferación de coches hace desaparecer los bosques. Comprar ropa barata y microprocesadores transportados desde lejos provoca la explotación de niños y mujeres en maquiladoras. La extracción del mineral coltán por las multinacionales, imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles ha provocado la muerte de unas tres millones de personas en el Congo. El consumo sin límites de electricidad acarrea la proliferación de centrales nucleares y térmicas de ciclo combinado.Y suma y sigue.


Vemos así, que de seguir con este modelo social la supervivencia de nuestro pueblo y del planeta corren un serio peligro. Por ello creemos que la lucha contra el tren de alta velocidad ha de ir unida a la lucha por la consecución de una independencia real en una Euskal Herria libre de las imposiciones del Estado y del mercado.

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